TUCUMÁN

Dique Escaba

La represa es ideal para compartir un asado en familia. Se puede pasear en bote, practicar la pesca de pejerrey y recorrer los senderos.
sábado, 18 de julio de 2009 · 13:00

Abrir el baúl, cargar la parrilla, la carne, el carbón, las tablitas, los cubiertos y unas cuantas frutas. Subir a los chicos en el asiento trasero, ajustarse el cinturón, poner en marcha el motor del vehículo y encender el estéreo con una música "a gusto y piacere". Eso es lo único que hace falta para visitar el dique Escaba.

Esta es la mejor época del año para llegar al embalse. No hay mosquitos en 500 hectáreas a la redonda, ni tampoco murciélagos, porque en otoño suelen migrar hacia Brasil en busca de climas más cálidos para regresar después en los tiempos de primavera dispuestos a reconquistar sus nidos en el paredón del dique.

Por un viejo prejuicio, muchos creen que el embalse, ubicado a 23 kilómetros de la ciudad de Juan Bautista Alberdi, es un lugar abandonado, sin nada a la vista, casi como un páramo. Sin embargo, esa suspicacia hace que nadie visite la zona, por lo que el lugar es un tesoro sin ser explotado para el turismo, a pesar de que está al alcance de todos.

Al mediodía, hay tanto silencio que parece un templo hindú al aire libre. Una boscosa vegetación, con árboles de formas fantasmagóricas, le pinta un verde claro a la montaña. Después del asado, la mejor siesta no es dormir, sino dar un paseo en bote a motor, en el que caben cuatro personas.

El recorrido comienza en el club náutico de Escaba, con la supervisión del experto Sergio Martínez. Cada pasajero recibe su chaleco salvavidas y en un lapso de casi dos horas, desde el agua puede verse "El murallón" de la represa, pasando por "La isla" hasta llegar a "La barranca de los loros".

También pueden alquilarse equipos de pesca, juntar paciencia y esperar por una buena pieza de pejerrey, de tararira o de bagre.

En cambio, quiénes prefieren más tiempo libre, sin tener que lidiar con el fuego ni salar la carne, pueden sentarse a esperar que le sirvan un menú tan típico como tentador en el mismo club náutico. Es posible comer una delicia del lugar como son las empanadas de tararira (un pez de la zona) o bien degustar el sabor de un escabeche de pejerrey bajo el sol tibio y una brisa suave.

Más tarde, a la hora del mate con galletas o pan casero, se oyen risas a los lejos. Son grupos de adolescentes que se acercan a la canchita de fútbol, frente a la sede comunal. En un instante, forman dos equipos para aprovechar el final del día entre improvisadas jugadas de potrero y, como corresponde, siempre se hace una apuesta que se la lleva el ganador.

Antes de que caiga el sol se escucha el rugido de las motocicletas que dibujan curvas y desniveles a lo largo de la ruta. Desde Alberdi vienen las parejas de novios hasta el borde del embalse dispuestos a endulzar sus labios y compartir arrumacos, casi como en secreto, en medio del puente carretero de la represa.

El bosque de Arrayanes

Escaba proviene del vocablo "Apu y Aba", que significa "tierra de los jefes" o bien "lugar donde se encuentran las aguas". Inicialmente, la región perteneció al imperio incaico. Todavía sigue intacto el bosque de arrayanes. A orillas del río Chavarría y en la margen oeste del perilago, frente a "La isla" la mayor parte del bosque se encuentra bajo las aguas del dique.

A principios de 1913, concluyeron los estudios para construir el embalse, pero tuvieron que pasar dos décadas más hasta que se colocó la piedra fundamental en 1937, bajo la supervisión del entonces presidente argentino, Agustín P. Justo y del gobernador Miguel Campero. La faraónica obra duró casi cinco años, entre 1943 y 1948, con un proyecto diseñado por la Ambursen Dan Company para un total de unas 500 hectáreas (menos de la mitad del tamaño del dique El Cadillal).

Apenas unos cuantos visitantes le ponen movimiento al final del día. Algunas familias cargan sus reposeras en el auto, mientras los pescadores se preparan para el regreso a casa.
Al atardecer, el sol dibuja una gruesa línea de fuego de un extremo a otro, que parece dividir en dos partes las aguas del embalse hasta que a las 18.20 se esconde detrás de las montañas.
Es el momento en que las aves comienzan a buscar presurosas un refugio dónde dormir, el sonido del agua se vuelve más suave, casi imperceptible, se acerca la noche, la brisa viaja lejos, bien lejos y el verde de la selva se convierte en un color más tenue como el aceite de oliva hasta que se apaga.

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