POR CAROLINA MENA SARAVIA PARA EL INTRANSIGENTE

¡Ay mi querido Tucumán!

Un sufrido paso por los gobiernos democráticos
miércoles, 27 de febrero de 2013 · 18:23
TUCUMÁN.- Transcurría el mes de octubre del año 1.983, el país festejaba con algarabía y entusiasmo el ansiado regreso a la democracia de la mano del doctor Raúl Alfonsín. 

En Tucumán la sucesión de gobernadores del período democrático se inició con  Fernando Pedro Riera, nacido en la ciudad de Bella Vista. Dejó atrás sus estudios de derecho para zambullirse de lleno a su pasión, la política. Asume por primera vez la gobernación, el 4 de junio de 1.950. Su mandato se extendería por dos años. Cobró gran importancia durante su gestión el área de Obras Públicas, realizándose en este corto período obras de gran envergadura, entre las cuales el dique de Escaba, es un ejemplo.

Se desempeñó más tarde como diputado nacional y al estallar la Revolución Libertadora fue llevado injustamente a prisión, permaneciendo allí dos años y medio. Días aciagos transcurrían para el ex gobernador, sucediéndose uno a uno como pesados vagones de un tren de carga. En el año 1.957 se produjo la apertura electoral, triunfando el Partido Radical. Asumió nuevamente como gobernador, el 24 de marzo de 1.983. Fue el tercero que lo hacía por segunda vez, luego de don Lucas Córdoba y del doctor Miguel Campero. 

Cuando culminó su mandato, se retiró de la vida pública. Su salud desmejoraba, había entregado a la provincia 42 largos años de lucha, donde su liderazgo quedó de manifiesto en la defensa de los ideales que forjaron su carácter para preservar a la democracia de los vientos que cada tanto, pugnaban por destruirla. 

Falleció en el olvido en Tucumán, un 9 de enero de 1.998.El 11 de diciembre de 1.987 resultó electo gobernador de la provincia, el ingeniero José Domato, nacido en la ciudad de Buenos Aires. Para ese entonces, ya se había desempeñado en las lides políticas tucumanas bajo la bandera justicialista, como ministro de Agricultura, Obras Públicas e Industria, así como presidente del Banco de la Provincia de Tucumán y luego como senador provincial.

La situación era delicada, la política liberal aplicada por el presidente Carlos Menem, dejó como saldo un tendal de desempleados, hecho que trajo como consecuencia huelgas y descontento popular. Cundió la desazón, al tiempo que la ingobernabilidad en la provincia hizo subir el termómetro en el ámbito político y social. El Congreso de la Nación puso fin a esta situación, decretando la intervención el 15 de enero de 1.991.

El nuevo mandatario de la provincia, Julio César Aráoz decidió procesar al ex gobernador Domato por presunta malversación de fondos en un crédito otorgado a los propietarios del ingenio Leales. El tiempo, sereno e implacable juez, impartió su veredicto declarándolo inocente. Amparado en este hecho, en el año 2.001, el ingeniero Domato inició una demanda contra el Estado nacional por daños y perjuicios. La prisión preventiva que le había llevado nueve años de su vida, afectó el honor de su persona. Este hecho desembocó en la condena al Estado nacional a pagar 800 mil pesos en concepto de indemnización por el año moral causado… pero era ya tarde. Había sangrado el alma no sólo del damnificado, sino también de sus familiares y afectos.

Durante la intervención federal, el cordobés Julio César Aráoz, declaró la Ley de Emergencia Económica. Para generar confianza en los diferentes sectores de la población y proceder a la regulación de los haberes, así como también  a la recomposición del Banco de la Provincia, desembolsó sumas siderales, claro está, provenientes del Gobierno Nacional. La lluvia de divisas no alcanzó a asemejarse a la tormenta de acusaciones de corrupción que nublaban el cielo provincial. Tucumán se vio colapsada por la enorme cantidad de cordobeses nombrados en los cargos estratégicos de gobierno, no todos precedidos de una buena reputación. Intervino la Municipalidad y el Tribunal de Cuentas. Doscientos treinta y cinco días de intervención, le alcanzaron para que se registrara un notorio incremento del gasto público, que luego continuó en las dos administraciones que se sucedieron con posterioridad. 

Su gestión fue el trampolín para la postulación a gobernador del cantautor y empresario tucumano Ramón Bautista Ortega, originario de Lules, primerizo en la arena política. El Presidente Menem moldeó la identidad pública de Ortega, así como Victor Frankenstein lo hizo con su criatura de laboratorio, en la conocida novela de la británica Mary Shelley. Triunfó frente al general Antonio Domingo Bussi. Transcurrieron sus días entre el incentivo al deporte y algunas obras públicas, intercalando a amigos y familiares en cargos públicos e incluso proponiendo a su incondicional mujer para una banca nacional, lo que parece ser una tentación difícil de resistir para quienes ejercen  la magistratura provincial, negándose ella a aceptarla. 

Uno de los casos más resonantes que cobraron relevancia nacional, fue la denuncia de espionaje policial a dirigentes estudiantiles universitarios opositores, en el año 1.993. Con pena y sin gloria, culminó su mandato, donde no faltaron las denuncias de legisladores provinciales, por irregularidades no sólo administrativas sino en la privatización de la empresa estatal del agua corriente, millonarios contratos de publicidad, cuestionados manejos en la Secretaría de Turismo y Deportes, denuncias por dudoso manejo de bonos, irregularidades en la concesión de créditos en la Caja Popular de Ahorros, dudas respecto de la limpieza en la privatización del Banco de la Provincia. En su última rendición de cuentas ante la Legislatura, pidió disculpas “por los errores cometidos (...) tuve logros y equivocaciones”, expresó. Los tucumanos, después de su gobierno, ya no querían escuchar más aquella estrofa de su conocida canción… “la felicidad, ah, ah, ah, ah”. 

Antonio Domingo Bussi gobernó la provincia desde el 21 de octubre de 1.995 hasta el 21 de Octubre de 1.999. Este militar, nacido en Victoria, Entre Ríos, asumió las riendas de la gobernación, precedido por el recuerdo de su pasado como mandatario de la provincia en la época del proceso. Fue su gestión, un devenir de pelotas en un macabro juego de paleta, donde se devolvían acusaciones de peculado por haber omitido en su declaración patrimonial, la suma de cien mil dólares alojados en el extranjero. “No niego ni afirmo”, fue su célebre frase, además de las sospechas de irregularidades cometidas en las licitaciones públicas. Todavía se recuerdan sus apariciones sorpresivas en hospitales y organismos de salud, para constatar la calidad en la prestación de sus  servicios. Aunque fue elegido diputado, al finalizar su mandato, la Cámara rechazó su nombramiento. Falleció en Tucumán, el 24 de noviembre de 2.011. En el diario local, sólo un político en ejercicio de sus funciones, había publicado su adiós.

Julio Miranda, dirigente gremial, fue gobernador desde el año 1.993 hasta el año 2.003. Mientras la presidencia de la Nación era ejercida por el radical Fernando de la Rúa, sentó en el sillón del Ministerio de Economía a otro radical, el empresario José Alperovich. Duras críticas flecharon su gestión, pues inmerso en la crisis que azotó al país en 2.001, no tuvo el temple para timonear el barco provincial. Continuos viajes lo ausentaban de la provincia, que parecía cada vez más lejos de sus preocupaciones.  En medio de una escandalosa denuncia por parte de la esposa de un diputado del partido Fuerza Republicana, en la cual no estuvo ausente el poderoso caballero don dinero con el fin de sobornar a legisladores que se sumasen a la iniciativa, se procede a la  impugnación del proyecto  para modificar la Constitución, cuyo fin era posibilitar la reelección en los cargos de gobernador, intendente y legisladores. Logró terminar su mandato, no sin antes soportar populosas marchas en su contra desde la plaza Independencia. 

Impuso la candidatura de José Alperovich, quien dando un sonoro y conveniente portazo al partido que lo inició, se puso  bajo el ala del aparato justicialista. Queda como estigma de su gestión la triste publicidad que en el mundo cobraron,  los casos de desnutrición infantil existentes en la provincia. Llegamos a puertas de la actual gestión de gobierno, llevada a cabo por José Alperovich, quien para acceder al poder impugnó la cláusula de la Constitución Provincial por la cual debía prestar juramento por los Santos Evangelios, dada su profesión de fe judía. Este fue el comienzo de la ambiciosa carrera reeleccionista a la cual se inscribió, pues transcurre su tercer mandato. 

Resultó electo por primera vez en el año 2.003 y para lograr un segundo mandato se valió de una reforma constitucional en el año 2.006. La Carta Magna autorizaba una sola reelección pero a través de una cláusula transitoria, que afirmaba que el primer período no se computaba, pudo postularse y vencer con comodidad a su rival de entonces, el radical José Cano. Dicen por allí que tiene intenciones de extenderlo, para convertirlo en cuarto. El nepotismo que caracteriza su gestión es objeto de constantes críticas. Este fenómeno dista mucho de ser nuevo, y según la opinión del politólogo Sergio Berensztein, obedece a una larga tradición que prioriza la lealtad por sobre el conocimiento. Lealtad de cónyuge, primos legisladores nacionales, primos legisladores provinciales, cuñada como funcionaria nacional, primos en el ministerio que parecen constituir una suerte de red familiar gubernamental. Será por eso que dejó traslucir un allegado a modo de justificativo, “necesita ojos y orejas en todos lados (…) necesita mirar de reojo hasta a su sombra”. Amparado quizás en la afirmación de Maquiavelo, “el fin justifica los medios”, las ambiciones personales parecen no comprender el texto en su totalidad. Marco Tulio Cicerón, el célebre político y orador romano, seguiría preguntando: “Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra”: ¿Hasta cuando Catilina, abusarás de nuestra paciencia?    

Por Carolina Mena Saravia
para El Intransigente

Más de

Valorar noticia