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Mariano Favaloro: “El proyecto de René era como el paraíso prometido”

Se cumplen 15 años de la muerte del doctor Favaloro. Lo recuerda su primo Mariano
Mariano Favaloro: “El proyecto de René era como el paraíso prometido”
Mariano Favaloro
martes, 28 de julio de 2015 · 16:38

ESPECIAL.- Un viejo y gigantesco ombú enclavado en Plaza Lórea dibuja sombras sobre el pavimento que invitan a la imaginación a descubrir figuras. Algunos rayos de sol alcanzan los ventanales de la confitería que está en la esquina. Pasado el mediodía, con sólo pocos clientes que extendieron la sobremesa, el salón logra recuperar tranquilidad y el escaso murmullo permite escuchar música de fondo, que da calidez a la entrevista.     

Entra, se acerca a la mesa. Mariano Favaloro es alto, con cierto parecido físico a René, similar peinado hacia atrás pero de cabellera  y bigote blancos, y también se diferencia en el uso permanente de lentes. Con mirada frontal y sonrisa franca saluda, pide un americano, y con la vista recorre el lugar, brevemente, al tiempo que se termina de acomodar. Con trato caballeresco y humildad se predispone a responder.

EI: Cuénteme, por favor, ¿Cuál era su parentesco con René  y cómo era la relación familiar?

MF: Éramos primos. Juan Bautista, padre de René, era el más grande de varios hermanos y Arturo Cándido, mi padre, el más chico. Entre todos decidieron ayudar a que mi papá pudiera acceder a un título universitario.

EI: ¿Qué lo llevó a ser médico? ¿Su padre, su primo René, o ambos?

F: Creo que tuve una fuerte influencia de mi padre que era cirujano del Hospital Rawson, y trabajaba en los consultorios de la Estación Remedios de Escalada, del Ferrocarril Roca, además de atender el propio. Con René nos veíamos muy poco porque él ya estaba en Jacinto Aráuz, La Pampa, durante mi infancia y luego viajó a EE.UU. Cuando regresó a Argentina, en el ‘71 yo era médico y estaba realizando, por consejo de él, mi residencia de Cirujano General en el Hospital Alvear. Me llevaba 23 años.

EI: ¿Qué semejanzas hubo entre su padre, René y usted?                                                                     

MF: La medicina, la actitud frente a la función pública y ‘los bichos raros de la honestidad’ -sonríe-. Cuando yo era chico mi padre fue interventor en una municipalidad. Duró poco, apenas cuatro meses. Ni bien le propusieron algunos negociados, renunció y se fue. A mi me pasó algo similar cuando trabajé en el Pami como auditor de prótesis cardiovasculares de alta complejidad. Después de rechazar pedidos improcedentes, que además eran mayores en un tiempo preelectoral, un buen día no recibí más mi salario por dos meses. Y luego de cuatro años, sin que nadie me avisara nada, entendí que me habían despedido. Lo que le pasó a René es público. Cuando él se enojaba, yo le decía: ‘Vos estás fuera del sistema. No te ensuciás, no hay plata’.   

EI: Usted procedió igual que sus familiares...                                                                                             

MF: Sí, claro. No vendí mi libertad. No la negocio. Yo me voy con la frente alta, tranquilo y mirando a todos a los ojos. No agacho la cabeza. ‘Tal vez tenga  principios muy estúpidos para estos días’. Pero suelo decir que prefiero morirme de hambre antes que caer en falta. No me gustan las deudas sociales. ¿Será un principio raro? Puede ser, pero son mis principios.

EI: Un rasgo distinto en René parecieran ser sus partidas.                                                             

MF: Yo siempre digo que empezó cuatro veces, con nuevos proyectos. Cuando se fue a La Pampa se hizo de la nada. Luego al viajar a EE.UU comenzó como un ‘camillero de lujo’ y llegó al bypass. Más tarde al regresar al país fue al ex Sanatorio Güemes, y finalmente con la Fundación Favaloro. Inició el proyecto remando y remando y remando. Empezó esa última etapa con la apertura de la institución a sus 69 años. Hay que tener ganas y mucha fuerza vital, ¿no? Hubo en su momento una falsa versión periodística que sostenía que operó sólo hasta esa edad. Ahí recién comenzaba su  última etapa, y realizó intervenciones hasta el día anterior a su muerte, y tenía 77 años.

EI: ¿Cuándo tuvo un trato más fluido con René, y cuándo formó parte de su equipo de trabajo?  

MF: Hacia fines de los ’60 venía de visita al menos una vez al año. Recuerdo que en el ’66 viajó al país para hacer las primeras cirugías cardíacas de revascularización coronaria en el Hospital Italiano, y era una ‘súper figura’ para nosotros. No había antecedentes de intervenciones así. Fue un pionero en la estandarización de la técnica. Yo estaba en el segundo ciclo de medicina, próximo a quinto año. Había muerto mi padre y me empezó a ayudar económicamente, posibilitó mis estudios. Significó mucho y me aconsejó que hiciera la residencia médica. Era muy generoso con todos. Más aún con su familia. Comencé en el ex Guemes como Residente, luego jefe de Residentes y finalmente formé parte del Staff. Me cuidaba mucho de hacer las cosas bien.

EI: ¿Cómo era operar con él? Debe haber sido muy fuerte.                                                                       

MF: Quizás, por estar siempre juntos, yo no dimensionaba el valor real. Tal vez porque él era muy humilde. Se hacía sentir si alguien procedía mal. Se enojaba mucho si eso pasaba. Fuera de eso, era afable con todos.

EI: ¿Sabe que algunos de sus colegas creen que usted fue uno de los mejores colaboradores de René?  

MF: Nunca nadie me lo dijo. Me entero por usted. Sé que me esforcé. Además digo siempre, lo que da  valor a las palabras son los hechos y sus resultados.

EI: Sus compañeros dicen: "Nadie implantaba marcapasos como Mariano”. "Era quien más sabía de desfibriladores”. "La base de datos de toda aparatología quirúrgica era él”. "Nos enseñaba a todos”.         

MF: Eso sí, puede ser. Siempre me gustó la parte eléctrica. Yo conservo aún los registros completos. Las garantías de todos los implantes de marcapasos y los parches operatorios de todos los pacientes que intervine. Tengo un placar lleno!!!  A esta altura, mi señora mi quiere tirar todo.

EI: Dicen que usted y René se complementaban muy bien. ¿Era doblemente exigido por ser un familiar, para René un colega más y para los otros un Favaloro?

MF: Puede ser. Teníamos una excelente relación, profesional y personal. Yo no le pedía nada. Siempre dije que no quería tener ningún privilegio, y no los tuve. Me pedía que lo llevara a dar conferencias los fines de semana. Eran charlas para todo público el viernes por la noche. Y sábados y domingos  para médicos. Disfrutábamos esos viajes al interior.

EI: ¿Alguna salida recreativa, de pesca, o a cenar?                                                                            

MF: No, porque siempre estaba ocupado. No disfrutó de la vida. Además, como era una figura tan pública no podíamos ni pensar en salir a comer. Se hacía imposible. Nunca hubiera querido tener su popularidad. Si entrábamos a un lugar se paraban a saludarlo y tal vez nos quedábamos sin cenar. Era muy querido por la gente. Las únicas oportunidades en que podíamos almorzar tranquilos eran en una parrilla de algún paraje ignoto de ruta, y ahí sí disfrutar hasta de las charlas.

p: ¿Qué defecto tenía René?                                                                                                                        

MF: Ser estricto en exceso. Pensaba siempre en progresar y no concientizaba el esfuerzo. Reparaba en los errores para corregirlos. Pero no se daba cuenta de festejar los logros. No podía parar. No se daba tiempo. Además, siempre había alguna urgencia. Era un servicio que atendía los 365 días, las 24 horas, y eso lo obligaba a ser así.

EI: ¿La mejor virtud?                                                                                                                                     

MF: Su humildad, su honestidad, su generosidad. Como médico compartía y enseñaba todo. No se guardaba nada. Era feliz así. No tenía secretos. Hacía docencia. Quería ser recordado como un docente.

EI: Usted también tiene su humildad…                                                                                                           

MF: Puede ser. Me parece que el valor está en hacer las cosas, y compartir los conocimientos sin límites. No esconder nada. Soy partidario del respeto, y de las reglas de educación. Pero me costaría pertenecer a la diplomacia. Soy sencillo.

EI: ¿La sabiduría está en los humildes?                                                                                                  

MF: Puede ser. Cuando uno más sabe se da cuenta de que le falta saber mucho más.

EI: René tenía un círculo muy íntimo. Descansaba, se refugiaba en las charlas con algunos de sus colegas los doctores Boullón, y Racki. Más aún con su amigo Penelas, con quien podía mirar la vida desde la poesía y la literatura. Y con usted compartía viajes con diálogos llenos, humanos, terrenales, ¿verdad?                                         

MF: Al finalizar una conferencia, la gente se mataba por tocarlo, por saludarlo. Algunos lo creían milagroso, lo endiosaban. Le besaban las manos, sobre todo las señoras mayores. Él se sentía muy  mal con eso. Lo habían convertido en un ser sobrenatural. Lo angustiaba. Yo lo ayudaba a procesarlo. En parte hay una explicación psicológica. El corazón está asociado a la vida, más allá de que el cerebro maneje todo. Tocarlo para mucha gente era como tocar el poder de dar vida. Y también intervenía el pensamiento mágico. Besar sus manos significaba sobrevivir, transcender. Se vinculaba con una  ilusión sobrenatural. A él le costaba entenderlo. Yo se lo traducía. Lo ayudaba a salir del mito, a volver a humanizarse frente al aturdimiento de una visión mística.

EI: ¿Él le pedía opiniones a usted?

MF: Sí. Muchas veces. Cuando algún gobierno le ofrecía un cargo él me pedía opinión. Yo le contestaba. ‘Vas a dejar de ser un médico honorable, con prestigio, para pasar a convertirte en un mal político’. Me escuchaba. Me gusta ver el simplismo de la existencia.

EI: ¿Era realizable el proyecto de la Fundación Favaloro?                                                                   

MF: El proyecto de René era una idealización. ‘En este país, con las condiciones que todos conocemos, formar una institución de esas características fundacionales, era como el paraíso prometido’. La realidad argentina le demostró que no se podía. Era como extrapolar el funcionamiento de la Cleveland Clinic de EE.UU, que cuenta con el financiamiento necesario para su desarrollo, y trasladarla a nuestro país. Una institución de similares características, pero sin asegurar los recursos   para su continuidad. Tal vez pensó que con la figura de él alcanzaba y se equivocó. También eso fue parte de un pensamiento mágico. Quizás en ese momento se pensaba que esa técnica podía usarse para siempre. Pero la ciencia evoluciona, descubre nuevos métodos, y a la Fundación se le iba a presentar un problema práctico: la evolución acelerada de diversos cambios. Se podía auto financiar parte del desarrollo, no su totalidad. Y además, en lo social, para atender indigentes alguien tiene que pagar los costos. Se equivocó. Se le escapó lo financiero de la obra. En eso René no vio los nuevos paradigmas para el futuro.

EI: ¿Cambió algo en lo científico en estos años, a partir de la actual gestión del CONICET?

MF: Sí y no. Sí, en que la gente sabe que la ciencia es importante. Y no, porque se sobrevaloran los resultados. Se cree que la ciencia lo arregla y lo cura todo, y no es así. La medicina en gran medida no cura las enfermedades, las trata para prolongar la vida. El cuerpo envejece, y eso es inexorable.

EI: ¿El país ha apoyado a los científicos vanguardistas, para ser protagonistas de su tiempo?

MF: La sociedad de EE.UU. está organizada de otra manera. La ciencia avanza porque el científico está apoyado de diversas formas. A veces la ciencia avanza más rápido que la capacidad de adaptación de la sociedad, y la ética y la ciencia no quedan del mismo lado, pero funciona así. La ciencia progresa con más velocidad que las leyes sociales.

EI: ¿Se hace medicina preventiva?                                                                                           

MF: No se está haciendo buena prevención en salud. El mundo está desfasado. Vamos detrás al tratar la enfermedad, y se debe prevenir imperativamente para evitar que la gente se enferme. Tenemos cada vez más obesos, hipertensos, más diabéticos, en vez de modificar los hábitos alimenticios y promover la actividad física a toda edad. Demasiado sedentarismo. Una interacción mayor a través de la computadora, no con el trato personal. No se camina lo suficiente. Tomarlo en serio es convertirlo en ‘políticas de Estado’, que trasciendan la duración de un gobierno y continúen. Se hacen estudios diagnósticos innecesarios, para que el médico se resguarde frente a un posible juicio de mala praxis, y eso significa un enorme gasto de recursos que podrían volcarse en prevención. También hace falta   más humanismo. Volver a la relación médico paciente. El profesional que conoce la historia clínica de cada uno y tiene un trato personal.

EI: René fue uno de los pioneros de la medicina social. ¿Qué piensa del Dr. Abel Albino?  

MF: Me parece una maravilla. Hace aquello que se debe hacer. Empieza por donde se debe empezar:   el embarazo, y en especial los dos primeros años de vida de las criaturas. Tenemos una materia prima humana que cuidar. Es parecido a René, en el humanismo.

EI: ¿Qué opina de MSF - Médicos Sin Fronteras?                                                                                      

MF: Me parece que hacen un trabajo encomiable. Su labor se conoce menos porque van a distintos lugares.

EI: ¿Si hoy comenzara nuevamente el proyecto de la Fundación, volvería a acompañar a René?

MF: Por supuesto. Aunque si supiera el resultado final, trataría de cambiarlo. Ya tengo la experiencia previa. Iría con una herramienta muy importante. Dejé la Fundación cuando falleció René. Sentí que ya no era mi lugar. Cambiaron los paradigmas humanos fundacionales.

EI: Usted tiene la misma mirada social que René, como una unidad indivisible en la forma de   observar a la medicina, al hombre, al mundo. Fueron formados con similares principios y un marcado humanismo. Pareciera que René sigue vivo en usted…                                                                                                                             

MF: Puede ser….      

Al escuchar el relato de sus diálogos con René es inevitable recordar los de una vieja película: ‘Desde el jardín’, historia en que con sabiduría un jardinero asesoraba y desbarataba las encrucijadas de un presidente.

Mariano, consejero confiable, compartía con la figura pública sus angustias, alegrías, robustecía su mirada terrenal, desmitificaba al prócer y le devolvía humanidad para que pudiera evaluar las grandes decisiones.    Aferrado a una secreta sabiduría, cree tener una ventaja: "puedo volver a casa en subte”, comenta.

Con las últimas luces del día, se despide. Acaso su humildad, un ‘inapreciable don’, lo premie. Su figura se pierde entre la gente y, en medio de la multitud, ‘valora ser Favaloro, un cirujano, un ciudadano más’.

                                                                                                                                                                                         

Guillermo Daniel Balbi  / Periodista

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