Panorama político

Kirchnerismo tardío y ajuste, la receta de Macri para salir de la crisis

La vuelta de las retenciones, control de precios y achique para llegar al déficit cero. Los funcionarios políticos siguen relegados. El radicalismo, también. La credibilidad es el principal problema del Presidente.
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lunes, 03 de septiembre de 2018 · 17:25

El anuncio de Macri no tuvo autocrítica. La culpa de lo que pasa es de la oposición (en particular, del kirchnerismo), de la guerra comercial entre China y Estados Unidos, de la crisis turca, de Brasil y hasta del Congreso. Pero no suya.

Y aunque alguno de estos factores contribuyeron sin dudas a empeorar la situación argentina, no fueron los únicos culpables de la crisis interna, que tuvo su pico la semana pasada con el dólar a 41 pesos.

El Gobierno tiene serios errores de diagnóstico, hay una distancia sideral entre lo que pronostica y lo que pasa en la realidad. Macri es esclavo de sus palabras. Y no solo por lo que dice en campaña. 

El Presidente prometió diálogo, pero fomentó la grieta y lo sigue haciendo. Agravó todos los indicadores económicos que el kirchnerismo dejó por el piso, como la inflación, la pobreza, el déficit y la deuda. Todas cosas que, había dicho, eran fáciles de resolver.

El mensaje que grabó en la Casa Rosada profundizó la discordia, porque los que se oponen al cambio “pronostican el caos”, “tienen falta de valores”, y es un “pasado que no puede volver”.

El Presidente está más aferrado que nunca al libreto del publicista Jaime Durán Barba. Le habla solo a su base electoral, con el riesgo de perder parte de esos votos por aplicar, casi tres años después, algunas políticas asociadas con el kirchnerismo, como las retenciones o el control de precios.

Aunque no con todas las letras, la restauración de retenciones fue, quizás, la única admisión de fracaso por parte de Macri. Y la prueba fehaciente de que si hubiera aplicado gradualismo con el campo y la minería, probablemente no estaría enfrentando esta crisis.

Y ahora, lo que prometió en 2015, más por convicción ideológica o conveniencia electoral que por eficacia, se le vuelve en contra. El campo está más molesto que nunca con la Casa Rosada.

El “ala política” en particular se siente relegada, con malestar, y con más ganas de dar a un paso al costado que de seguir en un gabinete o en un espacio político que les da voz pero no voto. 

Es bastante comprensible, en este contexto, el disgusto que tienen con la situación imperante el ministro del Interior, Rogelio Frigerio, y el jefe de los Diputados, Emilio Monzó.

Peor la pasa el radicalismo, que no tiene ni voz ni voto, y sólo es escuchado con los hechos consumados. 

Es por ello que Ernesto Sanz volvió a rechazar cargos. El gabinete no tuvo cambio de nombres. Solo hubo ministros degradados a secretarios. Carlos Melconián, que integró el equipo macrista, rechazó reincorporarse, y Alfonso Prat-Gay fue tentado con una cancillería, pero tampoco quiso.

No aceptaron porque ven a Macri encerrado en sí mismo y con un programa económico de más ajuste y recesión, cuyo pronóstico no es alentador. La economía, para colmo, está intervenida por el FMI. El recorte en los ministerios no es para nada significativo. No generará la solución al gasto público. Pero es simbólico y emblemático: decidió degradar a secretaría a dos áreas sensibles, como Trabajo y Salud. 

El Presidente decidió ir hacia el déficit cero de un día para el otro, con el argumento de que el gradualismo no funcionó. Pero algunos dentro del Gobierno y casi todos en la oposición consideran que ese ajuste es inaplicable.

Macri perdió credibilidad y no solo con los mercados sino con la gente. Incluso muchos de sus votantes dejaron de creerle. Y eso es un problema. Recuperar la credibilidad es más difícil que cumplir  a destiempo con lo que se prometió.