Tarifas, inflación y vulnerabilidad

La falsa discusión entre neoliberalismo y populismo

¿Por qué permitir aumentos sin control en alimentos y medicamentos, incluso cuando se trata de una especulación? ¿Por qué el gobierno se preocupa en honrar contratos pero no en revisarlos?
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jueves, 11 de abril de 2019 · 17:34

Los economistas del gobierno y otros que desde afuera del gabinete apoyan el plan de Mauricio Macri critican el control de precios y un eventual freno a los aumentos en las tarifas de servicios públicos con el argumento de que hay contratos firmados desde los ‘90 que deben cumplirse, porque las reglas del juego no se pueden cambiar todo el tiempo. 

Según ese mismo razonamiento, el gobierno está obligado a compensar a las empresas por la devaluación, porque así está escrito. Y es cierto, las reglas del juego se cambian todo el tiempo en Argentina, pero no solo para las empresas, sino también para los asalariados. No suena muy lógico que, si durante 12 años las tarifas estuvieron “congeladas” por decisión de un gobierno, y no de la gente, se lleven de golpe al precio de costo. 

Lo que terminó pasando como consecuencia de este brusco cambio de rumbo es que la tarifa se dolarizó y el salario no. Hay quienes sostienen que, en realidad, como los servicios estuvieron congelados durante más de una década, los salarios ya se habían adelantado y estaban dolarizados. 

Eso es muy discutible por varias razones. La primera es que en ese período las empresas recibieron una compensación en subsidios por parte del Estado y nunca se revisó qué se hizo con ese dinero. Es posible que haya motivos de sobra para rescindir los contratos en lugar de honrarlos. Tampoco se revisó la estructura de costos de las empresas antes de autorizar sin chistar los aumentos en los servicios.

En segundo lugar, la pérdida que hubo con la devaluación de 2018 licuó severamente el poder adquisitivo en dólares de los salarios, algo que para las empresas se contempla compensar, pero no para el trabajador. 

El ciudadano es el eslabón más débil de la cadena y por eso una crisis como la que hubo en 2001 afectó al pequeño ahorrista con el corralito, pero no a los bancos. Por esa misma razón ahora la devaluación protege a las prestadoras de los servicios con el aval del gobierno, pero no a los usuarios. 

No pasa por tener o no tener razón, ni por seguir un manual de economía. La discusión no es populismo o neoliberalismo. A veces es bueno humanizar la política y sobre todo la economía. ¿Hasta dónde es humano permitir como Estado que los medicamentos tengan aumentos de entre un 200 y 500 por ciento en tres años, cuando muchas veces esos medicamentos son de uso diario y los consumen sectores vulnerables?. ¿Hasta qué punto es humano mirar para otro lado cuando alimentos de primera necesidad suben sin ningún tipo de control, muchas veces por especulación más que por un hecho concreto?. No hay que irse de un extremo al otro y el propio gobierno en algunos casos dio cuenta de ello, por ejemplo, al restituir retenciones aún cuando cree que no son saludables.

Es posible que sea demagógico que un juez obligue a la concesionaria del subte a no cobrar a los pasajeros si no funcionan las escaleras del subte, pero no es muy lógico permitir que la concesionaria del subte tenga como regla no arreglar las escaleras mecánicas. Y es lo que pasa, todo el tiempo. Alguien tiene que dar explicaciones por eso. La concesionaria o el gobierno porteño, o los dos.

Tampoco es bueno dar por supuesto que un gobierno tiene que aplicar recetas escritas, porque la vida no es rígida, sino dinámica. Y las cosas cambian, todo el tiempo, como las reglas. 
 

¿Por qué un juez se siente con la libertad de revocar una medida que beneficiaba a los inquilinos eximiéndolos del pago de comisión a las inmobiliarias al alquilar?. Si es porque tal artículo lo avala, seguro es que también habrá otro que no. El gobierno de la Ciudad apeló un fallo judicial reciente que obliga a las aplicaciones de delivery a poner en mejores condiciones laborales a sus empleados, sin embargo, no hizo lo mismo en este caso ni tampoco hizo nada con la concesionaria del subte. 

No tiene ningún asidero lo que los economistas llaman "cuentas de capital abiertas": es decir, que no se grava con ningún impuesto la especulación financiera. Puede venir cualquiera, comprar títulos públicos, ganar dólares y sacarlos del país sin ninguna retribución al país. De Estados Unidos a países nórdicos hay imposiciones para sacar divisas del país. Acá no. 

La idea de que el Estado tiene que ser lo más chico posible no solo está distorsionada sino que no es saludable para una sociedad. De hecho, lo que se denomina “estado de bienestar” es muy frecuente por ejemplo en Europa, donde la intervención del Estado en asuntos públicos no es vista como populismo. Claro que en Argentina esto sucede porque muchos dirigentes pisotearon banderas nobles y bastardearon el concepto de Estado. Empezando por los gobiernos militares, que se creyeron en la obligación de tomar el poder por la fuerza. 

Nunca es bueno el culto a la personalidad ni el tributo al líder. Y eso aplica para cualquier partido político. Tampoco es bueno dar por supuesto que un gobierno tiene que aplicar recetas escritas, porque la vida no es rígida, sino dinámica. Y las cosas cambian, todo el tiempo, como las reglas.