HISTORIAS

Hicieron de su pasión un modo de vida

Francisco Cúneo y Laura Pasquali practican Jiu-Jitsu, un arte marcial por la que además de viajar por el mundo a competir también pueden enseñar como defensa personal.
martes, 12 de marzo de 2019 · 14:00

Por A.D.- “Cuerpo, mente y espíritu”, resume Francisco Cúneo, que a sus 34 años está entre los 110 mejor rankeados de todas las categorías a nivel mundial en Jiu-Jitsu, un arte marcial de origen japonés con gran expansión en Brasil. Las artes marciales, se sabe, no tienen por objetivo el ataque sino la defensa. Cualquiera que haya practicado alguna de sus variantes lo sabe. Defenderse, además de ser un deporte, es una necesidad en una sociedad cada vez más peligrosa. Marginación, pobreza y falta de educación son el caldo de cultivo para la inseguridad reinante. Como Cúneo, también lo sabe Laura Pasquali, su pareja de 39 años y exponente argentina en la misma disciplina. Ambos compiten en el país y en el extranjero. También dan clases o talleres de defensa personal. Juntos encontraron la manera de generar ingresos económicos con lo que les apasiona. “Hay un empoderamiento de la mujer. Salió del sexo débil. Claramente eso es una punta de lanza por la cual muchas mujeres ingresan al Jiu-Jitsu. Además es un buen trabajo físico”, me dice Pasquali.

Pasquali comenzó a entrenar en 2005 a partir de la película Kick Boxing, en la que abundaba esa disciplina: “Pero desde chica me gustaban las de artes marciales”. Le pegaba a la bolsa, guanteaba con compañeros y empezaba a competir en torneos. Lo que siguió fueron nueve peleas. Después llegó al Jiu-Jitsu y al Cross Fit. Su cuerpo no deja dudas. Todavía sigue al ritmo de ambas actividades. Trabaja en una oficina y luego se mete en el gimnasio, que es su mundo.

Cúneo comenzó en el 2000. “Era fanático de Dragon Ball Z. En el colegio me hacían bullyng. Para que tengas una idea, nunca fui al baño durante primer año. Después empecé a entrenar Judo en el Club Italiano, en Caballito”. De 2005 a 2014, integró la Selección Nacional. Se codeó con la campeona olímpica Paula Paretto. Hasta que probó con el Jiu-Jitsu y abrió una academia junto con amigos. En ese lugar conoció a Laura e iniciaron el noviazgo.

Gran parte de sus ingresos la invierten en viajes pero no de placer si no de competencia. A veces viajan por sólo dos o tres días. Europa, América (sobre todo Brasil) y algunos puntos de Argentina son sus destinos para torneos. Como el Jiu-Jitsu no es un deporte olímpico, los gastos de traslado, hospedaje e inscripción sale de sus bolsillos. Ella sumó podios y hasta compitió en la especialidad de jaula; él anduvo también por los podios de Brasil, de nuestros país y hasta compitió en el Mundial de California, Estados Unidos: el año pasado. En abril volverán a Brasil. Pasquali sostiene que “no hay edades” para competir y que ése es un tabú social. El se pensaba retirado de la competencia, pero ella le inyectó más pasión por los torneos. “Pude enfrentar y vencer mi miedo de sentirme grande”, respira Cúneo. Y suelta algunas máximas: “El peor enemigo de uno es uno mismo” y “las limitaciones parten de uno”.

Esa pasión que transmiten es la misma que utilizan para sus alumnos de cursos o talleres de defensa personal. Chicos y grandes, hombres y mujeres. @laluliita es ella en Instagram (dicta en Moveu, en Riobamba 46, CABA) y @fran.paco él (en Positive Jiujitsu, en Franklin 710, CABA). “Yo doy defensa personal. Las mujeres se enganchan un montón. Incluso en los torneos antes me pasaba que a veces tenía una sola rival. Hoy somos un montón. Lo primero que les digo es que nunca una mujer va a superar en fuerza a un hombre. Entonces aprendemos a hacer palancas, a utilizar la fuerza del otro en provecho propio”, explica Pasquali. “El Jiu-Jitsu es un arte marcial cuyo objetivo es la sumisión del otro a través de palancas, estrangulaciones y derribos. Es un deporte primo hermano del Judo. El Jiu-Jitsu es el el arte marcial con mayor expansión. Se busca disminuir las diferencias físicas de los rivales”, amplía Cúneo.

Lo interesante de las clases y talleres que brindan, observan, son los grupos de pertenencia que se generan. “Siempre decimos que con el kimono tenemos un pasaporte a cualquier lugar del mundo y una puerta de entrada para tener amigos”, coinciden antes de destacar sus amistades de Brasil o Jordania. “Rompemos fronteras”, agregan. Pasquali explica que nunca se sintió discriminada por ser mujer: “En esta época de tanto machismo siempre peleé de igual a igual con varones y mujeres. Nunca me hicieron a un lado por ser mujer. Al contrario, siempre me sentí integrada. Si hasta doy clases a hombres…”.

Para ellos el no puedo o estoy cansado no existe, cuentan. Tras sus trabajos de oficina, el esfuerzo físico del gimnasio se supera por la pasión. “Cuando tenés pasión no hay edad”, dice Pasquali. “Los dos trabajamos todo el día. Somos personas normales, que vamos al trabajo o a la facultad. Pero salimos de ahí y damos clases. Nos esforzamos un montón. Y no es sólo lo físico. Muchas veces también está lo mental. Habría que sacar ciertos paradigmas sociales de cómo tiene que ser la vida de una persona. Se pueden hacer muchas cosas que nos gustan. Entre ellas, entrenar. Se trata de tomar una decisión: cómo hacerlo. Que no importe el tiempo”.

“Se tiene que ver al individuo como unidad”, piensa. Y Laura, con experiencia en el budismo, suelta que “hay que orientar el foco hacia lo que uno quiere sin intoxicarse con el qué dirán. Hay que aceptar las cosas como son y trabajar sobre uno mismo, porque sobre los demás es imposible”. Eso es lo que también enseñan a sus alumnos. Porque, como aprendieron de otra máxima budista, “donde está el foco, está la energía”..

Todo esto, cierra Francisco, está en aquello de “cuerpo, mente y espíritu”. Shin Gi Tai.