boxeador eterno

La gran leyenda del boxeo que nunca se olvidará

Pocos mitos tiene el deporte argentino como los que hay alrededor de José María Gatica. Con su gran rival, Alfredo Prada, llenaban el Luna Park y dividían al boxeo en dos barras bien marcadas: el ring side y la popular. El Mono Gatica tuvo un triste final y dejó una historia inolvidable.
martes, 25 de septiembre de 2018 · 10:16

Por A.D.- El 29 de septiembre de 1942, en la Federación Argentina de Box, se enfrentaron por primera vez José María Gatica, de 17 años, y Alfredo Prada (18). Esa noche Prada le dio una paliza tremenda a “El Mono”, quien de todos modos ganó por descalificación de su rival por un golpe antirreglamentario. Estaba al borde del ko cuando se llevó la victoria y el público -y sobre todo los integrantes de los cuerpos técnicos- se enojó tanto por la decisión que quedó todo listo para una revancha. No se conocían entre ellos. Es más, la pelea, contó alguna vez el periodista Carlos Irusta, iba a ser entre Prada y Livio Sosa, quien no se presentó. Gatica fue el rival del que se dispuso a último momento. El enardecido clima alimentó el mito. Dos semanas después, el 13 de octubre, se hizo la revancha. Ganó Prada pero con lo justo, lo que puso las cosas a mano y fomentó una nueva rivalidad: 76 años después, pocos enfrentamientos deportivos se recuerdan más que el de “El Mono” y Prada. Y la vida de Gatica lo hizo crecer y su muerte lo eternizó.

Nadie contó esa historia mejor que su amigo y periodista Jorge Montes en el libro “El Mono Gatica y yo”, una joya literaria inhallable. Montes cuenta sus salidas con el boxeador, las noches en las que Gatica buscaba compañía y gastaba dinero en grandes cantidades. Se quedó sin un peso. Vivió sus últimos días en una casa cedida por la gobernación de la Provincia de Buenos Aires y murió atropellado por un colectivo en Barracas, después de un paso por la cancha de Independiente, una tarde en la que jugaba con River. De Avellaneda se fue al bar El As, en Barracas: borrachera e intento de pelea con un desconocido. Estaba enojado porque la dueña le negó un vaso de coñac. Lo acompañaba su amigo Emilio Sánchez. Se retiraron y Gatica intentó subirse a un colectivo de la línea 295 que disminuyó su velocidad aunque sin frenar. “El Mono” cayó bajo sus ruedas. Fue llevado de urgencia al Hospital Rawson con fracturas múltiples de cadera, luxación de vértebras, fracturas de apófisis transversal de la cuarta vértebra, fractura de pubis y rotura de uretra, según el parte médico. A los dos días, el 12 de noviembre de 1963, murió. Sus últimas horas transcurrieron entre la lucidez y el delirio.

Años después, Sánchez dio una entrevista a la hoy desaparecida revista “Así” en la que desmintió aquello de que “El Mono” vendía muñequitos en la cancha. “Nunca vendió muñequitos. Por otra parte, yo mismo era la primera vez que iba a vender a la cancha. Al final nos entusiasmamos con el partido y no vendí ninguno. El único muñequito que José María tocó fue el que le dio a uno de los controles de la platea: ‘Flaco, pasame un muñeco -me dijo-, se lo voy a regalar a un amigo’. Tengo entendido que lo conocían y siempre lo dejaban pasar”.

“El velorio -me cuenta por estas horas el periodista Cacho Lemos, pequeño asistente de entonces 12 años- fue multitudinario y hasta hubo corridas de tanta gente reunida. Me acuerdo de que se cantaba la marcha peronista”. Es que “El Mono” se había identificado con el peronismo. De hecho, una de sus frases más recordadas es aquella que le dijo al presidente Juan Domingo Perón: “Mi general: dos potencias se saludan”. También se enfiló detrás de Eva Duarte. El odio del antiperonismo se hizo sentir. Pero él se defendía: Una de sus frases más célebres es esa en la que se justifica al decir “yo nunca me metí en política. Si siempre fui peronista…”.

“Todavía se me pone la piel de gallina al recordar el día del velorio”, agrega Lemos, fanático del boxeo y gran entrevistador. Lemos retrató como pocos a grandes de nuestro deporte. Entre ellos, su ídolo, el inolvidable Oreste Osmar Corbatta, símbolo de Racing y con un final similar al de Gatica. “Imaginate lo que fue aquella despedida que no entraba un alma en la Federación de Box, donde lo velaron, y lo llevaron a pulso hasta el cementerio de Avellaneda. ¡Caminando! Arrancaron temprano y terminaron tarde”, dice.

Lemos se acuerda de la connotación política de entonces. El paso por el viejo Puente Pueyrredón, por las sedes de Independiente y Racing sobre avenida Mitre, en Avellaneda, y los cánticos peronistas. “El país estaba paralizado”, agrega. 

PROFESIONALES Y AL LUNA PARK

Para el tercer enfrentamiento entre Gatica y Prada la Federación quedaba chica. Pasaron al Luna Park, donde como profesionales combatieron cuatro veces entre 1946 y 1953. Colmado, ya había dos barras bien marcadas y enfrentadas. Los de Prada -que la historia mal considera pacotillas- se burlaban de Gatica y le cambiaron el apodo: de ser “El Tigre” pasó a ser “El Mono”. 

Gatica ganó la primera pelea, el 31 de agosto de 1946, y la tercera, el 18 de septiembre de 1948. Prada, la segunda (Gatica abandonó en el sexto round con una fractura de mandíbula que él confundía con un dolor de muelas), el 12 de abril de 1947, y la cuarta y última, el 16 de septiembre de 1953, por nocaut. 

Cada vez que peleaban, Gatica y Prada dejaban todo en el ring. Quedaban tan golpeados que les llevaba semanas recuperarse. La última vez que pelearon fue por el título ligero argentino. 23 mil personas vieron el triunfo de un Prada respetuoso del gimnasio y un Gatica que ya no era el mismo. Que hasta perdió el apoyo peronista, se cuenta con cierto recelo, al volver de los Estados Unidos tras su legendaria derrota ante Ike Williams, en el Madison Square Garden. Fue noqueado en el primer round.

Sobran anécdotas a su alrededor. No es cierto que bajo el ring se llevara mal con Prada. De hecho, fue él quien hizo la gestión para que el gobernador Oscar Alende le facilitara una vivienda. Y fue Prada también quien lo llevó a trabajar a su cantina Nock Out, en Paraná y Sarmiento, donde solía saludar a los clientes cuando llegaban y cuando se iban. En el ambiente del boxeo recuerdan que no le pagaba mal. Aunque Gatica no se sentía cómodo y se fue. El periodista Gustavo Nigrelli alguna vez contó también que Prada solía cuidar a su rival: “Antes de cada pelea se acercaba a Gatica y le decía ‘categoría, ¡categoría!’ para que se cuide y dé el peso”. 

Martín Karadagián, el líder del emblemático programa “Titanes en el ring” que lo invitó a participar de una exhibición de catch en La Bombonera, se ganó un lugar en la historia ya decadente de “El Mono”. Gatica le puso un cachetazo que el dueño del circo no se aguantó y devolvió con un golpe que dejó rengo para siempre al ex boxeador.

LA HISTORIA NO TERMINA

“El Mono” había nacido en Villa Mercedes, San Luis, el 25 de mayo de 1925. En mayo de 2013 sus restos volvieron allí. Fueron recibidos por una multitud. “Fue un día inolvidable, de fiesta. Papá se merecía estar de nuevo ahí, donde estaban sus raíces. En el Palacio de los Deportes tiene un monumento hermoso”, me cuenta por estas horas María Eva Gatica, su hija. “Estoy orgullosa de mi papá”, dice al borde de la emoción. Su figura aún genera tanto que su casa natal fue convertida en un museo. “La casa donde nació era de las típicas de Villa Mercedes: bajita, humilde. Se refaccionó. Allí están su cama, sus cosas, sus fotos, su cocina. Todo ambientado según aquella época”, describe Eva.

La infancia de Gatica fue pobrísima. Se vino a Buenos Aires a probar suerte. “No pudo concurrir a la escuela primaria ya que para llevar algunos centavos a su madre debía trabajar como lustrabotas o canillita en las cercanías de la estación Constitución”, cuenta Víctor Lupo en su libro “Historia política del deporte argentino”. No sabía leer ni escribir. Defendía su lugar de trabajo a los puños. Sus primeras peleas fueron de las ilegales que se hacían en la zona del bajo. Se las propuso el peluquero Lázaro Koci, que lo vio pelear y le ofreció participar en un alojamiento para marineros en Paseo Colón y San Juan. Combates a tres rounds. Gatica tenía 14 años y se perfilaba como bravo entre los más bravos. De ahí al boxeo hubo un camino corto.

“A mi papá lo recuerdo con mucho orgullo. Por lo que fue y por lo que sigue siendo no sólo para el boxeo sino para el pueblo argentino.  Dejó su sello. Fue un ídolo”, me dice María Eva, quien lleva ese nombre en honor a Eva Perón. Ella es la hermana mayor de Patricia y Viviana, quienes nacieron del tercer matrimonio de Gatica. “Tenía 14 años cuando murió mi papá. Mi mamá me enseñó a quererlo. También por eso somos muy unidas con mis hermanas. Lo recuerdo muy compinche mío. Charlábamos mucho. Por suerte, lo pude disfrutar”, lo recuerda.

Tanto se recuerda a Gatica que aún se habla de él. Dejó una huella profunda en el deporte argentino. Y, como dice su hija, trascendió a lo social. Fue un peronista al que pusieron en medio de una grieta. Una grieta que algunos alimentaron con aplausos y otros -lamentablemente- con odio.

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