Literatura y música

El ensayo sobre los años salvajes de Andrés Calamaro

Se llama Días distintos y su autor, el escritor Walter Lezcano, le cuenta a El Intransigente por qué Alta suciedad, Honestidad brutal y El salmón son los discos con los que el músico alcanzó la popularidad a la vez que, con sus canciones, describió los tiempos que desembocaron en la crisis del 2001.
martes, 28 de agosto de 2018 · 09:31

Por A.D.- “En los ochenta -cuenta el escritor Walter Lezcano, autor del libro Días distintos (Gourmet musical)- mientras Los redonditos de ricota, Virus, Fito Páez, Soda stéreo, Los violadores y Los abuelos de la nada lograban trascendencia de crítica y público, Andrés Calamaro seguía esperando su momento de gloria”. “¿Cuánta paciencia alberga el corazón de un verdadero rockero? Aparentemente mucha”, se pregunta y se contesta luego. Es que para Lezcano, el éxito masivo que le fue tanto tiempo esquivo a Calamaro es todo un tema. Sin embargo, cuando a fines de los años 90 editó su disco Alta suciedad, las ventas y la popularidad se dieron la mano con su música. Y en el 99, con la llegada del doble Honestidad brutal, plagado de hits, ratificó su lugar en la cumbre de los rockeros argentinos. La trilogía continuó con El salmón, una obra de 103 canciones muy distintas entre sí y grabadas en diversas condiciones físicas y emocionales.

Mientras esto ocurría, la Argentina se caía a pedazos con la crisis del 2001. Esa época, que Lezcano padeció por las consecuencias económicas que afectaron sobre todo a las clases trabajadoras y populares, tuvo enorme incidencia en él. Nunca olvidó aquellos años salvajes y escribir sobre Calamaro, le dice a El Intransigente, era una manera de revivir aquello. Así que se puso a investigar archivos, leyó cientos de notas de y sobre Calamaro y habló con algunos de sus compañeros de ruta, como el Cuino Scornik y Gringui Herrera. Con todo eso, más sus recuerdos, armó un ensayo que abarca la carrera musical de Andrés Calamaro: casi doscientas páginas imperdibles para los fans del ex Abuelo de la nada y necesarias para entender la cultura musical de una época que se terminó con el incendio de Cromañón. 

El Intransigente: -¿Por qué un ensayo sobre tres discos de Andrés Calamaro?

Walter Lezcano: -Hay varios motivos. A Calamaro lo escuché siempre, aunque no con el nivel de profundidad de un fan. Pero hace dos años, en una sobremesa de un asado en Florencio Varela, me cerró por todos lados la idea de Calamaro acompañando la segunda parte de los 90 y los tiempos del estallido del 2001. Con esos tres discos (por Alta suciedad, Honestidad brutal y El salmón) acompañaba la debacle de Argentina. Lo ví súper claro. Pensaba que no había otro artista de ningún rubro haciendo lo que hacía él. Es decir, llevando sus canciones a nivel de némesis, tan entregado a su desborde creativo, enganchado a la falopa, destruyendo su carrera en sintonía con la destrucción del país. Por otro lado, nadie había tomado a Calamaro como objeto cultural complejo. Sí pasó eso con Charly, Spinetta, Fito, Litto Nebbia y un montón más. Pero Calamaro estaba como a un costado, como un artista de hits y nada más. Y en tercer lugar, me pareció que los discos de Calamaro se podían cruzar con otras artes.

E.I: -¿Eras fan de Calamaro?

W.L: -En su momento compré Alta suciedad. Lo escuché muchísimo y lo disfruté. Con ese disco me pasaba algo especial, extraño, en cuanto al placer que sentía al escuchar sus canciones. Cuando salió Honestidad brutal, a fines de los 90, estaba pobre como casi todo el mundo, así que sólo escuchaba las canciones que pasaban en la radio. Lo mismo me pasó con El salmón, aunque algunos amigos lo tenían y lo escuchaba con ellos. Era como un ritual. Había en aquel Calamaro como cierta peligrosidad comparada con lo que hacía Charly con su etapa Say no more. Charly parecía estar más en la suya, pero Calamaro estaba como más accesible, parecía más un hermano que se iba al carajo. Algo más terrenal. Pero con el tiempo pude entender un poco mejor esa sensación que yo tenía cuando era pibe. Calamaro estaba como queriendo encontrar su lugar dentro del olimpo de los solistas grosos de este país. Excedía el marco de sólo vendedor de discos.

E.I: -¿Qué descubriste de Calamaro escribiendo este libro?

W.L: -Confirmé que es un artista que tiene muchos niveles de sentido. Que es un artista complejo. Me pareció revelador. Revisar esos discos es como entrar a una casa en la que viviste cuando eras chico: al final la casa no era tan grande ni la chica que te gustaba era tan linda. En ese sentido pude sostener el proceso de escritura, que fue de unos siete meses. Pero me llevó dos años pensar la ingeniería del libro. Mantuve charlas, hice  investigación. Me dí cuenta de que las canciones se sostienen y tienen un futuro. Debe ser difícil para un tipo como él, que produce mucho, y eso es lo admirable, preguntarse en algún momento cómo sigue después de hacer tres obras maestras. En ese sentido encontré un Calamaro que hizo obras trascendentes para su tiempo pero que pudieron conservarse y crear nuevos sentidos para las generaciones siguientes. Eso lo logran pocos artistas. No es sopa, como dice El Indio. También tuve mi período de hartazgo de Calamaro, tras escribir el libro. Pero volví a escucharlo. Es encantador saber que lo que uno piensa de las canciones puede producir mucho placer.

E.I: -¿Por qué elegiste como título del libro un tema determinado de Calamaro?

W.L: -Porque Días distintos funcionaba en dos niveles de lectura. Por un lado es uno de los mejores temas de El salmón. Y a nivel simbólico representaba bastante lo que vivía Andrés, que era muy distinto a lo que había atravesado hasta entonces. Pero también porque entrábamos a un nuevo milenio en el que se vislumbraba una crisis de proporciones enormes, que finalmente ocurrió. Y eso se reflejaba en esa canción. 

E.I: -¿Cuál fue la influencia que tuvieron en Calamaro sus dos compañeros de ruta a los que entrevistaste, el Cuino Scornik y Gringui Herrera?

W.L: -Siento que Calamaro necesita siempre la colaboración de alguien. Es un artista que a pesar de ser un creador no solo de canciones sino también de textos necesita compartir las ideas con alguien. En ese sentido El Cuino y Gringui le significaron como dos caminos muy distintos. El Cuino no sabe tocar ningún instrumento y Gringui Herrera, por otro lado, es un gran melómano. Herrera siento que en algún momento se alejó del camino de Andrés. Y el Cuino lo acompaña desde los tiempos de Mil horas. Cierta mirada que tiene Andrés se la tomó al Cuino, alguien que viajó, que leyó mucho y que también tiene sus recorridos ilegales. Andrés, como toda persona inteligente, supo capitalizar ese feeling del Cuino, esa inteligencia y esa gracia para crear canciones y frases muy grosas. Por ahí, estableciendo diferencias, Gringui le dio un poco lo que después le dio Ariel Rot. El sonido de Alta suciedad es un poco heredero de Por mirarte o de Nadie sale vivo de aquí. Creo que Andrés sabe cómo utilizar a su favor la esencia de sus colegas.

E.I: -Previo a la trilogía discográfica que mencionás, hay dos discos del Calamaro solista que no tuvieron trascendencia pero fueron geniales: Por mirarte y Nadie sale vivo de aquí.

W.L: -Me encantaba Por mirarte y Nadie sale vivo de aquí porque son como discos que… En Por mirarte, su tercer disco solista, Calamaro encuentra lo calamarezco. Se encuentra a sí mismo. ¡Me parece lo increíble de un artista! Encontró su estilo. Es un momento revelador, groso, que en Calamaro aparece en Por mirarte y llega a su pico con Nadie sale vivo de aquí. Es increíble que ahí haya podido saber quién era. Para mí son discos increíbles. Por mirarte le permitió entender de qué era capaz. Si escuchás Hotel Calamaro o Vida cruel posiblemente descubras discos como tímidos, en los que explora distintos territorios. Vida cruel está muy pegado a los 80, con esas baterías tan características en su sonido. Hotel Calamaro es como un disco muy correcto. Revisitar esos discos también fue increíble para ver la calidad de Andrés. Además revisé mucho archivo, lo que me permitió ver cómo lo bardeaban a Calamaro. Le tiraban a matar periodistas, músicos. Se lo consideraba un careta, cuando en realidad hablamos de un tipo que hasta tomaba ginebra con Luca Prodan.

E.I: -Se reafirma, en Días distintos, cuánto le costó a Calamaro ganarse el reconocimiento masivo.

W.L: -En el libro escribo qué pasaba en esas épocas en las que él no podía despegar. El de Calamaro fue un proceso muy lento en el que a la vez se fue encontrando a sí mismo. Hoy Calamaro es un artista muy vendedor, pero le costó casi más que a ningún otro artista llegar a ser de esos músicos con conexión con su pueblo, con sus fans. Porque Los Rodríguez tampoco fueron tan exitosos, aunque parezcan con el tiempo una gran banda. Jamás llenaron un estadio grande, por decirte algo. No hicieron un Obras. Ese recorrido también me parece increíble. Porque habla de la pasión y de la constancia por lo que hace.

E.I: -¿Sabés si Calamaro leyó el libro?

W.L: -No lo sé. Pero en Twitter publicó varias veces sobre el libro, siempre con buena onda. Eso ya es algo. Calamaro es amigo del escritor Fabián Casas, que también es mi amigo y me contactó. Me llegó un mail de Andrés en el que me decía, entre otras cosas, que era una lástima que no nos hayamos cruzado. “Así que ya somos amigos”, me escribió. Desde la editorial le mandamos el libro. Sólo sé que tuiteó varias veces en su favor.

E.I: -Éste es un año muy prolífico para vos: publicaste a la vez una novela, Luces calientes.

W.L: -Estoy enamorado de esa novela. Primero porque me costó muchísimo encontrarle una estructura. Tiene una primera parte coral y una segunda que es un diario. Cuando encontré esa estructura, o pude llegar a la ingeniería del libro que pensé durante años y dejé que crezca dentro mío, el proceso de escritura se me hizo muy rápido: seis o siete meses me llevó escribirlo. Terminó siendo una carta de amor a mi generación. A esos chicos con los que crecí viendo el estallido del 2001 sin encontrar nuestro lugar en la sociedad en una época terrible. Esos chicos que encontraron su final en un recital: vas a buscar la mejor noche de tu vida y te encontrás una trampa mortal. Quería reflejar una época en la que el rock todavía ocupaba el lugar de refugio, de escuela, de territorio. De todo lo bueno que no tenía el mundo. En lo personal, sin el rock no sé qué hubiese sido de mi vida.

E.I: -Alguna vez contaste que la literatura te salvó. ¿Qué te significa haberte convertido en escritor?

W.L: -Es que encontré en la lectura como un refugio, una especie de zona propia y a la vez una escuela personal. Porque en la casa de los pobres no tenemos bibliotecas, entonces cuando era chico, tanto en el oeste como en San Francisco Solano, leía lo que podía, lo que me llegaba, lo que me prestaban. Casi nunca lo que quería. La lectura, los libros, me dieron una vida. Cuando no tenés nada y de golpe aparece algo infinito, es como que estás en el mejor día de tu vida. Haber encontrado la lectura, en ese contexto, fue muy hermoso.

 


 

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