Opinión

Macri mete al Papa en la "grieta": que diga Francisco si es kirchnerista

El líder de Cambiemos terceriza el ataque contra el sumo pontífice para amortiguar el golpe de tener una mala relación con el Vaticano. Los trolls -con ayuda de Durán Barba también- reducen todo a una preferencia papal por el kirchnerismo. Pero la distancia tiene otras razones.
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lunes, 15 de enero de 2018 · 20:26

Por Mariano Confalonieri

Mauricio Macri entendió cómo iba a ser su relación con el Papa Francisco la primera vez que se vieron en una reunión formal, los dos como jefes de Estado, el 27 de febrero de 2016, en el Vaticano, en un encuentro que pasó a la historia en los medios argentinos más por su duración que por su contenido. Fueron 22 minutos de gestos adustos y palabras protocolares.

En esa reunión, el sumo pontífice marcó su primera diferencia con el líder de Cambiemos. Le dijo, palabras más, palabras menos, que sentía que su gobierno empezaba a profundizar las diferencias entre los argentinos y que temía que si eso seguía así se reflotara el “revanchismo” del ‘55.

La segunda pared que separa al ex arzobispo de Buenos Aires y al jefe de Estado argentino es la política económica. Francisco se pronunció y hasta escribió fuertes cuestionamientos al capitalismo salvaje, a las famosas inversiones de capital, y a muchas de las medidas que el macrismo mira con buenos ojos desde que llegó a la Casa Rosada. Está claro que no es un problema personal del Papa con Macri. Es un problema del Papa con quienes profesan una ideología más cercana a los intereses de los grandes grupos económicos que a los de la sociedad.

Al Papa le genera malestar cualquier decisión política que no esté orientada a la distribución equitativa de la riqueza. “Cuando la sociedad abandona en la periferia a una parte de sí misma, no habrá programas políticos ni recursos policiales o de inteligencia que puedan asegurar indefinidamente la tranquilidad. Y no solo porque la inequidad provoca la reacción violenta de los excluidos, sino porque el sistema social y económico es injusto en su raíz”, describió en “La alegría del Evangelio”, una exhortación escrita en 2016.

Macri no le encuentra la vuelta a la relación con el Vaticano y, para defenderse, ataca. Desde la usina del poder macrista se encargan de colocar a Francisco en la grieta. En el imaginario colectivo (pero sobre todo en Twitter y Facebook, algo que el macrismo domina bien), el Papa no solo es peronista, es kirchnerista, y todo lo que diga o haga (como evitar una vista a la Argentina) es para hacerle daño a un gobierno no peronista.

El principal asesor de Macri, el publicista ecuatoriano Jaime Durán Barba, contribuyó a poner en la grieta al Papa en pleno proceso electoral, cuando afirmó que no creía que fuera un líder de mucho éxito y que ningún Papa mueve “más de 10 votos” en un país.

El mismo día que Macri estaba reunido con el Papa en el Vaticano por primera vez, su principal aliada, Elisa Carrió, lo denostaba en público. “Empodera a los violentos. Estoy hablando de Milagro Sala. No tiene que armar una unidad básica. No tiene que hacer política”, dijo sobre el sumo pontífice la diputada nacional. En palabras de la gobernadora María Eugenia Vidal, usadas para atacar a los sindicalistas, “qué diga si es kirchnerista”, sería más o menos la acusación del macrismo a Francisco.

Pero el camino que eligió la Casa Rosada para amortiguar los golpes de una mala relación con el Vaticano, o incluso para dañar la imagen de Francisco, es el más corto. En Argentina se puede instalar una idea, errónea, de un líder pontificio preocupado por la política interna hasta en el más mínimo detalle, pero en el mundo, Francisco es mirado con otro respeto.

Barack Obama tuvo que aclarar que no invadiría Siria cuando el Papa llamó a una jornada mundial de oración para evitar una catástrofe mayor en ese país. Donald Trump, pese a su verborragia, no construyó ningún muro en la frontera con México, muro al que Francisco se opuso abiertamente.

Por supuesto que sabe qué pasa en la Argentina. Impulsó en los últimos dos años un cambio sustancial en la conducción de la Iglesia Católica. Oscar Ojea, el nuevo presidente del Episcopado, un hombre muy cercano a Bergoglio, maneja los asuntos de manera más terrenal que Héctor Aguer, que tiene los días contados como Arzobispo de La Plata.

En un reciente documento que emitió el Episcopado contra las malas interpretaciones que se hacen de los gestos de Francisco, Ojea buscó -sin nombrarlos- poner en caja a los periodistas y los medios que a medida que se acercaba la visita del Papa a Chile más lo criticaban. 

El comunicado, sin embargo, fue interpretado por los “apuntados” como un cuestionamiento a dirigentes sociales como Juan Grabois, de fluida relación con Francisco y que en esta gira estará cara a cara con el sumo pontífice. 

Por si hiciera falta más para alimentar la brecha que separa a la Casa Rosada del Vaticano, el telegrama que envió Francisco, que por protocolo debiera ser en castellano, fue enviado en inglés.