ANDRÉS MENDIETA PARA EL INTRANSIGENTE

¡Ni tin-tín ni tan-tán!

El gobernador Cleto Aguirre, quien durante su gestión se enfrentó con la iglesia, disponiendo la detención del un clérigo y, posteriormente, el toque repique de las campanas.
lunes, 23 de noviembre de 2009 · 06:06

El gobernador Cleto Aguirre, quien durante su gestión se enfrentó con la iglesia, disponiendo la detención del un clérigo y, posteriormente, el toque repique de las campanas.

No siempre el Gobierno tuvo muy buenas relaciones con la Iglesia. Hubo casos que por razones ideológicas o por la testarudez de los hombres se registraron enfrentamientos entre ambos mandatos.

Con respecto a uno de ello me retrotraen a la memoria un episodio registrado en esta "muy noble ciudad" allá, a mediados del siglo XIX, y por vergüenza se corrió un velo pretendiendo esconder este toletole para no empañar las páginas de nuestra historia.

Pero, "en pueblo chico infierno grande".

En 1864 se armó una tremolina entre el entonces gobernador el doctor Cleto Aguirre y el obispo Fray Buenaventura Rizo Patrón.

Pero vamos por parte como se expresaría "Jack, el destripador".

El doctor Cleto Aguirre, nacido en Salta el 26 de abril de 1834 hijo de Don Camilo y de Doña María Francisca Aguirre y Luján, casado con Doña Edelmira Zambrano- sus primeras letras las conoció en el envejecido convento de La Merced, donde funcionaba el Colegio de la Independencia dirigido por el cura jesuita Agustín Bailón.

Sus estudios universitarios los hizo en la Facultad de Medicina de Buenos Aires donde obtuvo el título de médico, a los 21 años. Pero aquí no termina su inquietud de superación. Fue el primer oculista que hubo en el país, creador de la cátedra de Oftalmología y decano de la Facultad de Medicina de Buenos Aires.

De regreso a su tierra natal alternó el arte de curar con la política, llegando a ocupar en tres ocasiones la banca en el Congreso de la Nación y en dos oportunidades la gobernación de Salta (1864 a 1866 y después en 1867, hasta completar el periodo de Don José Benjamín Dávalos fallecido en 25 de mayo de del mismo año).

Por su parte, el obispo de Salta Monseñor Fray Buenaventura Rizo Patrón vio la luz en San José de Piedra Blanca (Catamarca) siendo bautizado bajo el nombre de "Mariano de Jesús Rizo hijo legítimo de Juan Luis Rizo y de doña Nicolasa Flores, de este vecindario", según figura en el libro 2, folio 78,del archivo parroquial de Piedra Blanca.

Se cuenta que el futuro prelado a los seis años había perdido el uso de la expresión oral a raíz de una horrible emoción. Ante esta circunstancia su madre desesperada hizo votos de vestirle al niño con el hábito franciscano, recobrando su habla no bien cumplió con el compromiso.

Ello lo tentó acercarse a la obra del santo de Asís demostrando agudeza para comprender el derecho canónigo, la teología. Sus lecturas preferidas eran la Sagrada Escritura prevaleciendo entre otras los salmos de David y las Epístolas de San Pablo. Dotado de grandes cualidades por su amor a Dios al consagrarse optó por el nombre de Buenaventura tras haber cumplido tareas en Córdoba como Maestro de novicios, Custodio, Visitador, Definidor Provincial, Lector de Filosofía y Teología. Como Prelado Diocesano fue nombrado Examinador Sinodal.

Preconizado como Obispo de Salta el 13 de julio de 1860, recibió la consagración episcopal el 7 de abril de 1861, haciéndose cargo de la Diócesis el 6 de julio de 1862.

Cabe aquí que no todo lo que brilla es oro. Según el historiador Ernesto Miguel Aráoz "Rizo Patrón en su gobierno eclesiástico se caracterizó por su espíritu de caridad cristiana, por sus sentimientos piadosos y por el celo y la intransigencia que ponía en defensa de los fueros de la Iglesia y de sus propias prerrogativas episcopales". El autor de "El Diablito del Cabildo" continúa diciendo: "Era sin duda Rizo Patrón un severo y rígido pastor teocrático cuyo temperamento empecinado había de llevarlo, naturalmente, a los dos grandes conflictos que tuvo con el poder temporal, este de las campanas -del que referiré en esta nota- y después en el gobierno del coronel Juan Solá, a propósito de sus reiteradas pastorales en contra de la ley de enseñanza laica".

La Salta de los 60

El país durante la década 1860 al 1870 estaba en plena decadencia como resultado de las guerras civiles, los avances y las violencias del poder civil contra la Iglesia. El liberalismo marchaba con pasos firmes.

Mucho pasionismo para imponer las ideas. El pueblo enarbolaba banderas sin importar la honorabilidad de sus adversarios. Por ejemplo -durante la gestión de don Cleto Aguirre, en 1864- había que perseguir al presbítero Sixto Sáenz, quien se hallaba al frente de la parroquia de Rosario de Lerma, de marcada oposición al gobierno provincial. Sobre el cura se tejieron las más tremendas y falsas acusaciones. El blanco era la destitución de Sáenz.

Tales acusaciones estaban avaladas por caracterizadas personalidades de la época, imputaciones que llegaron a manos del Obispo. El prelado dispuso inmediatamente confeccionar un sumario y enjuiciar al cura de Rosario de Lerma. Como las acusaciones no tenían peso alguno resolvió la Iglesia restituirlo en sus funciones.

La posición del clero no satisfizo a Aguirre y ordenó la detención con las fuerzas del orden. En defensa del clérigo se manifestó el presbítero Luis Alfaro, quien se ocupaba entre otras funciones de dirigir el Seminario recientemente creado. Alfaro llegó a burlar su custodia para evadirse y fijar su exilio en Bolivia.

Estas contradicciones entre el Poder Ejecutivo y el Poder de la Iglesia cada vez fueron como caminar por un camino ripioso. Se cerraron capillas, oratorios y se prohibió hacer sonar las campanas. Desde la fundación de Salta Hernando de Lerma emplazó un fierro en la esquina del Cabildo para anunciar bandos que llegaban de España o de Charcas; anunciando la muerte de ciertos vecinos; convocando a la población para que asistiera a la Plaza de Armas (hoy Plaza 9 de Julio) durante la ceremonia de ejecución de reos (ya sea ahorcados o fusilados) y cualquier otro acto digno de su publicidad.

Posteriormente, la Iglesia echaban a volar los sones de las campanas llamando a misa, a la hora del Angelus, para las procesiones y para que se invoque por el alma de algún vecino. Por decreto se ordenó que los repiques no durarían más de cinco minutos; los de dobles para anunciar la muerte de feligreses, dos minutos; los de otras distribuciones cinco minutos.

Estas disposiciones le pasaron vista al obispo Rizo Patrón quien no se notificó e hizo oído sordo a las mismas. Con gran furia de los gobernantes se ordenó la prisión de quienes no observaran las medidas dictadas por el gobierno.

Fueron varios los religiosos que hicieron caso omiso a la ley que ya contaba con el acuerdo de los diputados. Furibundo ante la desobediencia Don Cleto Aguirre estando en su despacho gubernamental -siempre muy elegante con su levita y sombrero de pelo- citó a sus funcionarios, engrosando su voz y golpeando la tapa de su escritorio expresó:

-"No me vengan con tan-tán ni con tin-tín. Las órdenes son para cumplirlas y no se discuten. Quien manda aquí soy yo".

La orden no se hizo esperar. Se localizó de inmediato a los transgresores siendo tomados presos: los sacerdotes Luis Alfaro, Francisco Castro y Pascual Arze y Zelarrayán; a la Madre Superiora y a dos monjas pertenecientes al Colegio de las Educandas (hoy Colegio de Jesús) y al sacristán de la Catedral de apellido Toledo.

Con el apoyo total del clero y como así de diferentes Diócesis hacia todo lo actuado por el Obispo Monseñor Buenaventura Rizo Patrón el conflicto de las campanas quedó superado.

Fuentes:

Archivo de la Curia Eclesiástica de Salta.
Archivo personal del Prof. Martín Risso Patrón
Archivo personal de Andrés Mendieta.
Ernesto M. Aráoz,"El Diablito del Cabildo"

Valorar noticia