POR EL DR. RICARDO FEDERICO MENA

Las calles de Salta y sus nombres: Islas Malvinas, un sentimiento nacional (Segunda parte)

El Intransigente comenzó este especial que enorgullece a los salteños. Cada semana una entrega para saber sobre aquellos que nos identifican
jueves, 16 de agosto de 2012 · 19:24
ESPECIAL (Segunda Parte).- Islas malvinas, un sentimiento nacional. Luego de haber tratado la primera parte de la historia de las Islas Malvinas, continuaremos comentando que don Luis Vernet, luego de haberse posicionado como Comandante de las Islas o más bien como primer magistrado de las mismas, embarcó en el bergantín Betsy con una dotación de 23 colonos ingleses y alemanes, con todo el equipamiento de víveres, ovejas, una vaca y su propia familia, a fin de residir en su nuevo destino. El día que llegaron a la isla soledad estaba muy frío. Los recibieron con gran alegría negras de todas las edades. La esposa de Vernet tuvo la prolijidad de escribir día por día un diario desde el 15 de julio, hasta el 29 de diciembre del año 1829. Los colonos ingleses y alemanes ofrecieron fiestas a las nuevas autoridades estableciéndose interrelaciones entre los pobladores. Había un piano y sonaban frenéticamente los tamboriles africanos.


El día 30 de agosto hubo un acontecimiento para la historia. El 29 se habían colocado los cañones sobre la barranca enfrente de la Comandancia. Doña Mariquita de Vernet anotaba estas líneas: “Muy buen día de Santa Rosa de Lima, y por lo que determina Vernet tomar hoy posesión de las islas en nombre del gobierno de Buenos Aires. A las doce se reunieron todos los habitantes, se enarboló la bandera nacional, a cuyo tiempo se tiraron 21 cañonazos, repitiéndose sin cesar ¡Viva La Patria! Puso a cada uno en el sombrero cintas con los dos colores que distingue nuestra bandera. Se dio a conocer el Comandante”.

De acuerdo al historiador Juan Lucio Almeida, esta no fue la única manifestación patriótica en las islas, pues según refiere en su diario del 25 de mayo de 1828, don Emilio Vernet, hermano del Comandante: “Al salir el sol se tiraron tres cañonazos e izaron la bandera inglesa y la de Buenos Aires; a mediodía se tiraron otros tres y a la noche otros tres. Después de almorzar carne con cuero y tortas que se habían hecho a propósito, tiramos al blanco hasta entrar el sol. La gente organizó un baile en el rancho del tonelero que duró hasta el día”. (Montarcé Lastra). Y el 9 de julio se celebró también el aniversario de la jura de la independencia argentina.

El épico gaucho Rivero ya estaba en las islas desde el año 1827, siendo un muchacho de 20 años. Un documento inglés publicado por la Academia Nacional de la Historia, firmado por J.J. Onslow, a la sazón comandante de la nave Clío, con fecha 16 de enero de 1833, da una lista de los pobladores de la isla y en tercer lugar figura Antonio Rivero con 26 años de edad. La condición social de Rivero era por aquellos años de ínfima condición, apenas superior a la de los negros. Los lugares habitados por el Gaucho eran los galpones de la peonada, lo que no quita para nada la exaltación de este hombre hacia su patria.

La señora de Vernet describe que todos los domingos se organizaban bailes y los negros bailaban al compás de los tamboriles. En algún momento Vernet se vio obligado a encarcelar a Rivero en estado de ebriedad, pero hay que considerar que el gaucho siempre desdeñó todo lo que sea gringo, ya sean ingleses o alemanes.


El historiador Ricardo Caillet-Bois, describe que en aquellos tiempos las faenas del campo eran arduas y difíciles, dado que la cantidad de hacienda cimarrona era aproximadamente de 20.000 cabezas, a lo que se agregaban tres mil equinos y cinco mil porcinos. Se trabajaba arduamente en la construcción corrales, domesticar la hacienda alzada, la construcción de ranchos y tambos, la elaboración de quesos y manteca, la construcción de casas de piedra, el cultivo de huertas y el carneado de conejos. La colonia avanzaba con pasos decididos, y aquellos que tenían algunos oficios, le dedicaban gran parte del tiempo a los mismos. Se levantaron asimismo EL asiento de la colonia fue en una pequeña caleta a la orilla del mar, siendo el edificio principal el de la Comandancia. Se le denominaba La Casa Principal. Luego ranchos y corrales. En el año 1831 había sólo diez casas de las cuales solamente cuatro tenían techo de madera, mientras que las otras lo tenían de paja, que abundaba en las islas.


El número de habitantes era en aquellos años 150, compuesto por diversas nacionalidades entre las que se encontraban, alemanes, franceses, ingleses, norteamericanos, sudamericanos y también unos veinticinco gauchos y cinco indios. La población crecía cuando llegaban los barcos y podía aumentar hasta 300. Estaban asimismo los denominados loberos, que eran individuos de mal vivir que vivían en las cuevas que formaban los roquedales, o en medio de los pajonales, dedicados como su nombre lo indica a la caza de lobos marinos. Los loberos extendieron su corrupción a las disposiciones del Comandante Vernet, pues no solamente se dedicaba a la caza de lobos sino al robo de las haciendas particulares. Desconocían la autoridad de Vernet, quién se vio en la obligación de anunciar lo siguiente: “El abajo firmado gobernador de las Islas Falkland Tierra del Fuego y adyacencias, en cumplimiento de su deber, como está expresado en el decreto dado por el gobierno de Buenos Aires el 10 de julio de 1828, encargado de ejecución de la ley respecto a las pesquerías de cuyo decreto se agrega una traducción, informa a usted que la trasgresión a estas leyes no quedará como hasta ahora sin ser notada. El abajo firmado espera que esta noticia dada oportunamente a todos los capitanes de barco empeñados en la pesca, en cualquier parte de la costa bajo jurisdicción, los inducirán a desistir desde que su repetición los expondría a convertirse en una presa legal de cualquier barco de guerra perteneciente a la República o de cualquier barco que el abajo firmado previene a las personas contra la práctica de cazar ganado en las islas Falkland Oriental, siendo el mismo propiedad privada y por inocente que sea el acto en aquellos que no conozcan esta circunstancia, es altamente criminal en aquellos que persisten ilegalmente en ello y se hacen pasibles de rigor de la ley en casos semejantes (…) Firmado Luis Vernet”.

Algunas naves desconocieron la orden, como por ejemplo la Breakwater que a pesar de la custodia fugó en dirección a los Estados Unidos de Norteamérica. Lo mismo pasó con La Superior en enero de 1831. Vernet ordenó a Mateo Brisbane la detención de la goleta



Un día llegó la goleta Harriet, comandada por Gilberto Davison, quien promoviera los luctuosos acontecimientos que sobrevendrían. Ocurrió que este facineroso individuo realizaba encubiertamente pescas ilegales, siendo denunciado ante las autoridades Buenos Aires. La pesca que realizaban burlando a las autoridades, era la caza de lobos. Finalmente llegaron a un acuerdo destacando que si El Tribunal de Presas, fallaba a favor de la República, las presas serían de nuestro país, caso contrario serían devueltas a estos filibusteros. A tal efecto Vernet y su familia se embarcaron hacia Buenos Aires en la goleta Harriet. Resumiendo: el consulado de los EEUU, creyó a pie juntillas la exposición de Davison, país este que reclamó airadamente al nuestro por las medidas tomadas, además de desconocer el derecho de la Argentina a actuar en Malvinas. Por aquellos días arribó la corbeta de guerra Lexington, en la que se embarco Davison poniendo proa al sur. La corbeta de pabellón francés invitó ladinamente a Mateo Brisabain - Mayordomo y piloto de los barcos de la colonia en ausencia de Vernet, también a Guillermo Dickinson y Enrique Metclaf, representante de Luis Vernet, para ser tomados prisioneros y acusados de ladrones y piratas que merecían la horca. Luego de este episodio, el comandante de la Lexington, Silas Duncan, se dedicó a los mayores latrocinios imaginables, incautándose de todo lo que podía arrebatar. Se dedicó en una palabra desguazar la colonia, mintiendo a sus pobladores que si Vernet regresaba sería ahorcado. Los colonos creyédole aceptaron el pasaje gratis en la Lexington para trasladarse a Buenos Aires, previa matanza de sus vacas y el regalo de los cueros al pirata Duncan.

Al no poder regresar de acuerdo a los acontecimientos que estamos relatando don Luis Vernet, el gobierno de Buenos Aires nombra a en su reemplazo al Sargento Mayor de Artillería don Francisco Mestivier que apenas quince días después de nombrado se embarca a su destino en la goleta de guerra Sarandí A todo esto los piratas Silas Duncan, Davison y el Capitán Nash de la goleta Exquisite, desembarcaron su tripulación y procediendo a matar indiscriminadamente la hacienda vacuna, porcina y equina. Amedrentó a los gauchos que quedaban a punta de pistola y fusiles. Quedaba Juan Simón como cabeza de la peonada, aunque luego de presenciar estos acontecimientos, comenzó a pensar en su propio provecho, ya que al no regresar Vernet, pensó en vender lo que quedaba al Brasil. Decidió no entregar ni caballos ni cueros al representante de Vernet que se acercaba en la Sarandí.


La Sarandí llegó a su destino en las islas, el día 7 de octubre con una guarnición de 25 soldados al mando del Ayudante Mayor don José Gomila, aunque la goleta venía al mando del Teniente Coronel de Marina don José María Pinedo. Al tercer día el Teniente Coronel Pinedo, hizo reconocer al nuevo representante argentino, enarbolando el pabellón nacional, y rubricando el hecho con una salva de tres descargas de fusilería y 21 cañonazos que se descargaron desde la Sarandí. Pinedo a bordo de esta nave patrulló las aguas jurisdiccionales regresando a la isla Soledad el día 30 de diciembre, según lo relata el historiador Lucio Almeida, para darse con la noticia de que la guarnición que había llevado, se había amotinado. Ocurrió que el Sargento Sáenz Valiente, encargado del armamento, con un grupo adicto sorprendió en sus habitaciones al Sargento Mayor Mestivier, asesinándolo a tiros y bayonetazos en presencia de su esposa que acababa de dar a luz. Los asesinados también fueron el bolichero Gregorio Sánchez junto a su esposa. Todo este acto de salvajes características se completó con el robo de caballos con los que ganaron el monte. Pinedo posteriormente testificó que Gomila era el primero en autorizar los desórdenes y amenazas. Además insultaba de una u otra forma a la esposa del desaparecido Comandante. Robó impiadosamente todas las pertenencias de la viuda. La maldad se completó luego de haberla humillado con insultos, instalándose a vivir en sus propias habitaciones, ufanándose ante ella, que aquello le había ocurrido por “bárbaro”. Los amotinados fueron siete, y amedrentaban a los habitantes no comprometidos en el motín. Juan Simón que era el capataz de la isla, con la ayuda de unos gauchos y de algunos marineros de la fragata francesa Jean-Jacques, organizó una fuerza represiva, dando caza a los asesinos y los encerrándolos en la goleta inglesa Rapid. Pinedo luego arrestó a Gomila y trasladó a bordo todo el armamento de la guarnición.


Juan Simón a pesar de estas vicisitudes había continuado leal a Vernet, ocupándose de los trabajos que le había encomendado el citado y destituido Comandante. Su trabajo se circunscribía a juntar la hacienda baguala de las sierras y amansarlas luego, por lo cual como jefe de la peonada ganaba siete pesos plata por cada animal amansado y de freno. La otra tarea era la de defender los intereses de su patrón de la voracidad de los piratas. A pesar de sus cuidados el Capitán Keating, de la goleta estadounidense Dash junto tristemente célebre Carancho Davison, desconociendo la autoridad de Juan Simón procedió a matar cerdos domesticados, además de ovejas y el prolijo saqueo de la pescadería. El saqueo a las islas se completaba con la actuación del Capitán del cúter* Susannah Ann que atacó a tiros la caballada mansa, matando a dos, no pudiendo hacerlo con el resto, debido a que, asustados, huyeron para juntarse con la hacienda cimarrona. (Esta Nota continúa con una tercera entrega)

* CÚTER:
Embarcación con velas al tercio, una cangreja o mesana en un palo chico colocado hacia popa, y varios foques
 


Plano guía milenium 17 A4-D4

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Por el Dr. Ricardo Federico Mena
para El Intransigente

Currículum abreviado del Dr. Ricardo Federico Mena

El doctor Mena- Martínez Castro es odontólogo y oriundo de la provincia de Tucumán. Ha escrito dentro de su profesión diversos trabajos de investigación clínica, como asimismo libros acerca de variadas materias, Historia, Genealogía, Poesía, Novela, Teatro y Cuento. Dentro de este último tema se encuentran   El Testamento Secreto y El Secreto del Asampay , entre otros. En poesía tiene publicados dos libros Senderos de   la Memoria y Poemas y Canciones   además de otros que esperan ver la luz. En materia histórica sólo mencionaremos Religiosidad en   el Valle Calchaquí, Historia de la Gobernación de los Andes, en colaboración con Carolina Mena Saravia, Historia de la Iglesia de Santa María,etc  En materia teatral sólo destacamos   Tristeza de Muñecos (Quepete y Madreselva ) junto a otros que también esperan ver la luz.  

Ha recibido importantes premios provinciales y nacionales en poesía, cuento y novela durante su quehacer, entre los que se encuentra, el   Primer Premio Provincial     año 2000- por su novela La Casa Blanca de Anguinán. Asimismo en materia folclórica, ha sido galardonado cuatro veces en concursos provinciales y dos en concursos nacionales como autor.  
Pertenece a distintas instituciones académicas de la región y de Buenos Aires, entre ellas es   Miembro de Número del Centro de Estudios Históricos y Genealógicos Gens Nostra (Centro de Estudios Hispanoamericanos) con sede en Buenos Aires, Miembro Fundador y de Número del Centro de Investigaciones Genealógicas de Salta, Miembro Correspondiente del Centro de Estudios Genealógicos de Tucumán, Miembro Correspondiente del Centro del Instituto San Felipe y Santiago de Estudios Históricos, Miembro del Instituto Güemesiano, Belgraniano y Sanmartiniano de Salta .   Ha recibido de la provincia el Premio al Mérito Artístico . Dirige actualmente   el Suplemento Cultural del Diario     y tiene también a su cargo la columna Las Calles de Salta y sus Nombres.       


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