POR ANDRÈS MENDIETA

¡Que susto señor gobernador!

Don Cleto Aguirre no vio con buenos ojos el accionar del sacerdote Sixto Sáenz...
lunes, 11 de enero de 2016 · 14:41
SALTA.- En 1865 Salta se estaba enmarcando como una ciudad progresista. Un año antes había sido electo gobernador el doctor Cleto Aguirre, distinguido médico, que había derrotado en las elecciones a don Segundo Díaz de Bedoya, por el partido conocido como de los "Overos”. El nuevo mandatario fue autor de leyes y decretos liberales por ejemplo: creando  los correos provinciales; la oficina de Estadística y Topografía; un impuesto de alumbrado público; el cargo de Defensor de Pobres y Menores: un padrón militar y declaró miembros natos de los Concejos Municipales al Intendente de Policía, Jefe de Estadística e Inspector General de Escuelas.
 
Ante las hostilidades con el Paraguay el doctor Aguirre declaró como artículos de guerra las vacas y caballos que necesitaren las tropas que marcharía para combatir, como así autorizó préstamos especiales para equipar a los soldados. Al  frente de batalla fue conducido un Batallón de Infantería habiéndose destacado en esta campaña Juan Solá, Joaquín Díaz de Bedoya, Luis Fábregas, Alejandro Fábregas, Ricardo Solá, Victorino de la Plaza, Rafael de la Plaza, Justo Aguilar, José María Uriburu. Rafael Ruiz de los Llanos, Alberto Austerlitz y Napoleón Uriburu, entre otros. El Batallón "Salta” estaba comandado por el coronel Aniceto Latorre y éste al enfermar fue reemplazado por el sargento mayor Julio Argentino Roca.
 
Como toda gestión de gobierno tiene momentos de regocijo como de sinsabores. Uno de estos se lo conoce como el "conflictos de las campanas”. Un grave incidente suscitado entre la autoridad civil con el gobierno eclesiástico. Al frente de la sede eclesiástica se hallaba el obispo fray Buenaventura Risso Patrón; quien se distinguió por su espíritu de misericordia cristiana, por sus sentimientos piadosos y por el celo y la obstinación que imponía en protección de los privilegios de la Iglesia y de sus proporcionadas dispensas episcopales. Sobre este prelado dice Ernesto Aráoz que: "era sin duda Risso Patrón un severo y rígido pastor teocrático cuyo temperamento  empecinado había de llevarlo, naturalmente, a  grandes problemas”.
 
Don Cleto Aguirre no vio con buenos ojos el accionar del sacerdote Sixto Sáenz, férreo opositor al gobierno provincial disponiendo la expulsión del clérigo del curato de Rosario de Lerma. Risso Patrón, por su parte,  procedió a restituirlo en su jurisdicción  desobediencia que llegó hasta los estrados del Poder Legislativo. La disputa siguió hasta más allá. El Obispo obligó tocar las campanas  diariamente en momentos de las plegarias en todos los iglesias durante un mes lo que, puesto en ejecución,  acarreó la confección  un decreto del Poder Ejecutivo reglamentando el uso de las campanas. Como consecuencia de esto se cerraron capillas, oratorios, se bajaron campanas. En algunos casos se disponía que los toques de campanas para repiqueteos no durarían más de cinco minutos, los de dobles para anunciar la muerte de fieles, dos minutos.
 
El prelado Risso Patrón desconoció la orden y Cleto Aguirre ordenó la detención de todos aquellos que hagan oído sordo a lo dispuesto por decreto. Por ello fueron arrestados los sacerdotes Arze y Alfaro, la madre superiora y dos monjas del Colegio de Jesús y el sacristán de la Catedral de apellido Toledo. El cura Castro, de La Merced, sobre quien pesaba el arresto nunca fue encontrado hasta haberse superado este entredicho entre el gobierno civil y el eclesiástico.
 
También los vecinos de esta "muy noble ciudad en el valle de Salta” asistían a las tareas de la recaudación de fondos para la construcción de la nueva Catedral "que responda a la altura, rango y progreso actual de esta capital”, cuya piedra fundamental fue colocada en 1854 siendo las lajas y las  rocas de las canteras  fueron acarreadas a pulso  por grandes y chicos, criados y sirvientes, cada cual en la medida de sus fuerzas en los días festivos, de acuerdo al Archivo del Arzobispado de Salta.
 

El gobernador residía en una casona ubicada enfrente de la Plaza, a pocos metros del lugar donde se edificaba la actual iglesia Catedral. La calle estaba intransitable por las lluvias caídas, cubierta de barro,  cascotes, cal, montículos de arena,  pilas de ladrillos y obstáculo de andamios,  El tranquilidad de la noche era interrumpido desde  el placentero refugio de sapos, ranas y chilicotes.

Entre las figuras que se destacaban en aquel entonces no por si vivacidad sino por sus actos disparatados se encontraba, entre muchos, a uno que se lo conocía como  "Ataranta” (de "atarantado”: aturdido, espantado y loco). Este personaje por que no denominarlo siniestro por sus ocurrencias descocadas tenía un físico de "Charles Atlas”, de ojos saltones, boca de labios gruesos, pópulos Salientes y de un hablar soltando a gangoso. Sobre sus descalzos pies descasaban algo así como cinto veinte kilos de su humanidad, de acuerdo a viejas tradiciones. Desde hacía algún tiempo Ataranta estaba encaprichado en hacerlo aterrorizar al gobernador Aguirre.

Hasta que llegó el momento de satisfacer  su malvado instinto. Una noche Don Cleto regresaba a su casa sorteando los desparramados obstáculos de la calle. El célebre idiota al verlo se ocultó amparado por la oscuridad entre los adobes y al pasar el gobernante le echó un gruñido a todo pulmón estirándole los musculosos brazos como si fuese un fantasma. El gobernador que temperamentalmente era muy nervioso salió corriendo dando gritos de espanto  hasta llegar a rodar por el barro.
 
Se comenta que Ataranta, aterrorizado con la mala pasada con que había sido protagonista, se impresionó aún más, conjeturando que el que del julepe el gobernador pudiera agonizar en el lugar, y se trasladó hacia  don Cleto, diciéndole: ¿Te atutao?... ¡Che…! ¿Te atutau…no?
 

No bien se repuso el mandatario del porrazo, de haberse limpiado  hasta entonces vestimenta de color negro y recogido su galera entremezclada con arena y cal, emprendió una veloz carera tras de Ataranta asentándole bastonazo sobre sus espaldas y, en lo momentos propicios, aplicándole fuertes patadas en sus asentaderas.

Por Andrés Medieta

Para El Intransigente

            


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