Visión

El argentino que revoluciona el diseño industrial mundial 

El multipremiado Francisco Gómez Paz nos abre su mente brillante y cuenta cómo empuja al diseño desde su estudio en Salta.
miércoles, 02 de enero de 2019 · 16:24

Francisco Gómez Paz es hoy un peso pesado de la innovación en diseño, un consagrado total, ídolo de estudiantes y ejemplo profesional. Ya ganó varios de los premios más importantes del diseño, tiene a su favor a la prensa especializada y a los críticos, pero no siempre fue así. He aquí la historia y la mente perseverante de un hombre que hizo crecer su hobbie, su juego de niños, su diversión, que sigue a su instinto y lo alimenta con pasión para transformarlo en una profesión al servicio de la sociedad.

EL INTRANSIGENTE: ¿Qué es lo primero que se te viene a la cabeza con las palabras arquitectura y diseño?

FRANCISCO GÓMEZ PAZ: En una ciudad con un acercamiento hacia la arquitectura tradicionalista y colonial como es Salta, tuve la suerte, en contraste, de tener un padre y una hermana arquitectos con visión de futuro, por lo que siempre estuve inmerso en ese mundo, pero con una visión moderna que veía hacia el futuro y luchaba contra la arquitectura muy clásica. Para mi la arquitectura siempre tuvo la función de revolucionar, de cambiar las cosas y mejorarlas.

El diseño es a lo que le dediqué mi vida. Sin darme cuenta, he sido diseñador desde que soy chico, siempre tuve una curiosidad extrema que me llevó a agarrar todos mis juguetes, romperlos, y hacer cosas nuevas. Esa dimensión de inventiva me acompañó toda la vida e hizo que viva 20 años en el exterior y ahora mitad del año en Milán y mitad en Salta, todo el tiempo creando cosas nuevas e imaginando otras para el futuro.

¿Cómo se desarrolló esa visión de la arquitectura y del diseño, entre Salta, la Universidad Nacional de Córdoba y Milán?

Con el tiempo, me doy cuenta de que siempre he tenido una misma visión, que después fue creciendo en capacidades; pero la esencia filosófica de lo que yo creo que es el diseño siempre es la misma: la búsqueda de una evolución. Poder, a través del diseño, generar una pequeña evolución para una mejoría en el ser humano. Esa esencia, quizá sin darme cuenta, la recibí desde muy chico, de mi padre, por su visión moderna de la arquitectura. En Italia, luché por esas convicciones y después generé un pequeño lugar en donde soy respetado por ese modo de ver el diseño. El diseño puede ser visto como algo meramente decorativo, estético; en cambio, yo creo que es algo mucho más profundo, casi una visión filosófica de las cosas que se expresa a través de una forma que tiene una dimensión estética.

¿Visión y estilo se pueden diferenciar?

Hay una filosofía común en todos mis proyectos; no creo que en estilos porque, si bien es identificado como un modo de ver estéticamente un objeto y dilemas que se repiten, en mis objetos yo eso lo considero nefasto. Para mí la forma es el resultado de un proceso largo, es una respuesta a una pregunta, generalmente. No creo que diferentes objetos tengan que tener la misma respuesta. Sería un error.

Con estilo quise referirme a identidad, eso que le permite a cada autor ser reconocido…

Creo que sí, pero alguien tiene que hacer una lectura más profunda, más filosófica, de visión, en vez de una lectura inmediata de la forma. Seguramente, es una tarea que hará después un crítico.

Si tuviéramos que dividir tu carrera en etapas de pensamiento, ¿sería posible?

No de pensamiento porque con 20 años encima de profesión, me sorprende lo igual que pensaba cuando era joven que ahora. Pero claro que me pasaron cosas que generaron etapas en mi vida. Cuando me fui a Milán, después de terminar mis estudios, gané un concurso de BMW para el auto de la Ciudad Europea del Futuro, un concurso internacional muy importante. Tenía 23 años y propuse dos motos que se unían y separaban para formar un auto. Me vi dando entrevistas para diarios europeos y en medio de una repercusión gigantesca. Yo solo me había ido a Milán para hacer un master por un año y me hizo pensar: “Hay algo que yo tengo que puede llegar a ser útil acá”, y entonces me quedé a vivir.

Otro hito muy importante fue la Lámpara Hope, con la que gané a los 35 años el Compás de Oro, un sueño de mi infancia. Ese premio es el Oscar del Diseño.

Y el tercero fue transportar parte de mi estudio de diseño a Salta, y vivir la mitad de mi tiempo allá y la otra mitad en Milán, haciendo la silla Eutopía.

¿Por qué la lámpara Hope fue un hito en tu vida?

Porque para mi fue un monumento al cabezón, al perseverante que soy. Llevó como tres años de trabajo y nació de una intuición guiada por la curiosidad. Hace mucho, estado en la fiesta de unos amigos, vi un almohadón inflable muy kitsch que parecía una bola de cristal pero era muy liviana, hecha con una película de pvc con lentes Fresnel. Me sorprendió y me puse a investigar cómo funcionan los lentes Fresnel. Años después, empecé a trabajar con la empresa Luceplan y el director me pidió una araña moderna. Trabajamos durante dos años y medio y un viernes me presentaron un prototipo, hecho con inyección de pvc, que era costosísimo. Yo dije que no, y en un fin de semana de muchas dudas me jugué el todo por el todo y cambié completamente la tecnología que íbamos a usar. Quería que la lámpara fuera liviana, pero que de la luz de una araña de fiesta, con muchos reflejos. Me acordé del almohadón kitsch y entonces se me ocurrió solucionarlo usando el sistema de grietas que tienen los discos de vinilo, cambiando completamente la tecnología que íbamos a usar para que la lámpara no sea ni compleja ni pesada. Fue un éxito rotundo, de prensa, de críticos y de ventas y es desde hace 10 años un best seller. Incluso la editorial Lotus publicó el libro Hope que se puede comprar en Italia.

Decías antes la palabra intuición, ¿cómo se compagina con la teoría, con lo aprendido académicamente?

Hay cosas que uno siente. Cuando estoy seguro que detrás de esa intuición hay algo de valor, se me libera una enorme cantidad de energía que me hace transformarla en realidad. Generalmente necesito eso. Haber percibido que había un valor en esa transparencia tan liviana del almohadón kitsch, por ejemplo, en Hope, para hacer un lente de un plástico tan finito que iba tener una liviandad absoluta en estética y en peso. Tenés una intuición y después la buscás y la perseguís, por más que te digan que no funciona. Cuando uno tiene una idea que no se hizo antes, todos te van a decir que es imposible, hasta que lo hacés y entonces te dicen : ¨¡ah, yo te dije que se podía! Pero hasta ese momento todos te dicen que no. Esa intuición, para mi es fundamental, es lo que uno siente, olfatea como un perro de casa, olfatea un valor desaprovechado en una situación.

A propósito de Eutopía, ¿por qué las sillas son el gran desafío de los diseñadores?

En el tiempo, la cola del hombre no cambió; creo que es uno de los primeros objetos que el hombre realizó. Hubo muchas cabezas detrás de ese problema. Es un desafío hacer una silla que pueda contar algo nuevo, en un mundo donde los parámetros que definen una silla no cambiaron tanto. ¿Cómo lográs imprimirle, a un problema que no ha cambiado, una visión que pueda tener una dimensión nueva? Ese es el principal desafío. Es un objeto con sus complejidades, la relación con el hombre, el espacio…

Con el contexto…

Eso es exactamente lo que la hace un objeto interesante. No había encontrado elementos que a mí me motiven, o que generaran esa intuición de “acá hay algo interesante a explorar”.  Hasta que lo encontré en un desafío utópico: hacer esa primera silla en Salta, donde no hay industria, porque la industria en Argentina en general es muy baja, pero en Salta directamente no existe desde ningún punto de vista. Y se trataba de hacerla sin ningún límite, que pueda contar su historia a nivel internacional. Era una locura. Usando instrumentos de producción flexible para imaginarme una silla que sea producida con esa tecnología, enteramente desde mi estudio para el mundo.

Es tu pieza más personal.

El mundo del diseño va a ir hacia esa dirección. Fabricar una pieza en el estudio y venderla directamente al cliente final. Es algo muy interesante que permite este presente. Antes no era posible. Va desde el diseñador directamente al cliente final que se pone en contacto directamente conmigo. Es un cambio histórico: hacer un producto completamente independiente. La crítica la recibió excelentemente. Fue una gran satisfacción. Hoy, en Italia, la vende una de las galerías más prestigiosas del mundo, la de Rossana Orlandi.

Hay dos palabras que resuenan en esta entrevista: locura y pasión ¿Siempre se trata de atreverse a hacer lo que otros no creen posible?

Exactamente. Pero es la locura de seguir lo que uno cree, no la locura por sí mismo; sino la de seguir las convicciones propias. Es muy difícil, porque siempre tenés miles de inconvenientes que no fueron resueltos. Hace falta un poco de rebeldía porque, en realidad, realmente creés que lo que hacés lo merece y lo tenés que hacer. 

Poder hacer lo que a uno le gusta y satisface, y darse cuenta de que eso tiene valor, genera más valor, que es apreciado por el otro, que lo reconoce y justifica tu pasión, que deja de ser un hecho egoísta y se pone al servicio del otro. El otro la compra y al volverse comercial, palabra endemoniada injustamente si las hay, el otro te está dando lo más valioso que tiene, que es su tiempo, porque el dinero con el que te paga lo consiguió trabajando con su tiempo. Entonces, es un gesto de confianza gigantesco y ahí es donde esa diversión de chico se transforma en una profesión que aporta a la sociedad su granito de arena. No creo que con mi silla vaya a cambiar al mundo, pero sí es un avance que se suma a todos los otros avances, a toda esa energía que hace que hoy vivamos en un mundo con una lengua para comunicarnos, alimentándonos y usando todos los inventos y avances que por milenios hizo la humanidad desde que salió de las cavernas y fue forjando este mundo maravilloso.

 

 

 

 

 

 

 

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