Iconos del diseño

Charlotte Perriand

Semana a semana, y en el mes de la mujer, damos luz sobre las grandes pioneras del diseño, quienes abrieron camino y elevaron la vara estética para siempre.
lunes, 11 de marzo de 2019 · 14:19

Pionera del modernismo en Francia, Charlotte Perriand fue una de las figuras más influyentes en el diseño y la arquitectura del siglo XX. En su larga carrera, la gramática estética de Perriand evolucionó constantemente, pasando del mobiliario de acero tubular de la "Era de la Máquina" a un naturalismo lírico.

La carrera de Charlotte Perriand se inició en el Salon d'Automne de 1927, en París, donde recreaba un diseño que había inventado para su apartamento: el Bar sous tois ("Bar bajo techo"), que consiste en una barra de pared incorporada, hecha de aluminio, vidrio y cromo, y una mesa de juego con soportes para bebidas en el bolsillo de la pileta. Esto llevó a lo que sería una colaboración a largo plazo con Le Corbusier y su primo Pierre Jeanneret. Perriand también trabajó con Jean Prouvé y Paul Nelson.

Dos áticos y dos viajes retratan a esta diseñadora francesa, hija de un sastre y una costurera. En la década entre 1920 y 1930, Charlotte Perriand (París, 1903-1999) leyó Hacia una arquitectura de Le Corbusier. Convencida de que cualquier trazo de más debía erradicarse de los amueblamientos domésticos y segura de que la estética maquinista debía adueñarse del interior de las viviendas, se presentó en el estudio al que se había trasladado el arquitecto suizo, en el 35 de la calle Sèvres, de París y llamó a la puerta. El maestro abrió y se la cerró tras un breve intercambio de frases:

 -“Aquí no bordamos cojines” fue su piadosa respuesta. No tardaría en pedirle perdón.

El primo y socio de Le Corbusier, Pierre Jeanneret, lo llevaría a ver el Bar bajo el techo de cristal que la Perriand había levantado en la mejor estancia de su piso de recién casada, el primer ático de esta historia. A Le Corbusier le impresionó aquel interior luminoso y transparente levantado con vidrio, aluminio y metal. Fue entonces cuando pidió perdón y le ofreció trabajo a Perriand. Pronto comenzaron a diseñar juntos. Cobrar sería otro tema, tardaría más en llegar. Mientras, la diseñadora distraía el frío abrigando sus piernas con papel de periódico. Aun así, durante el lustro largo que permaneció trabajando para Le Corbusier, el frío y la falta de medios no le hicieron dudar de la estética helada y maquinista que proponían sus modelos B 301, para conversar; LC2, para relajarse y 306, la famosa Chaise-Longue que Perriand popularizó entre los arquitectos al posar tumbada en ella con las piernas cruzadas.

Hasta conocer a Perriand, Le Corbusier había amueblado sus interiores con las famosas y atemporales sillas Thonet, en madera curvada. De modo que, en Perriand, el arquitecto encontró a su mueblista. Pero Le Corbusier no fue el único arquitecto de Perriand. Tras divorciarse de su primer marido, la diseñadora inició una nueva vida en un segundo ático. Allí no construyó un bar de cristal, pero instaló una escalera en la ventana del baño para acceder a la cubierta del edificio y hacer allí sus ejercicios gimnásticos diarios con Montparnasse a los pies. Debió ser durante una de esas esforzadas rutinas cuando Perriand recordó el otro escenario de su infancia.

Además de estas experiencias formativas en su país natal, el tiempo de Perriand en Japón y luego en Vietnam (desde 1940 hasta 1946) tuvo un impacto crucial en su visión creativa. Ella colocó a la humanidad en el centro del proceso de diseño, que vio como una forma de mejorar la sociedad. En 1981, en su artículo "L’Art de Vivre", escribió: "La extensión del arte de la vivienda es el arte de vivir, vivir en armonía con los impulsos más profundos del hombre y con su entorno adoptado o fabricado".

La vida asiática marcó los nuevos intereses de Perriand, cuando, de vuelta en París, comenzó a diseñar mamparas y también viviendas prefabricadas. “Fue el proceso de análisis, no un estilo, lo que nos marcó a los modernos”, escribió en su autobiografía Une vie de creation, publicada en 1998, un año antes de que, ya nonagenaria, falleciera en París.