MAMBA

Los impresionantes mundos posibles de Max Gómez Canle

El ente ofrece una muestra antológica de uno de los pintores contemporáneos más importantes del país, con piezas que van desde 1999 hasta la actualidad.
jueves, 14 de marzo de 2019 · 23:38

Color, definición, escultura, abstracción, realismo y geometría dialogando en un mismo espacio a través de las obras de Max Gómez Canle (Buenos Aires, 1972). Ubicadas en el segundo subsuelo del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, incluso sin entrar en la sala, a la distancia, la muestra resulta impactante con una pintura de grandes proporciones que recibe a los invitados. Se descubre el primero de los mundos posibles.

El resto se encuentra en cada una de las piezas que se despliegan en “El salón de los caprichos”. Éste no es sólo un título sino algo similar a una filosofía, a una forma de entender el arte. De otra manera no se explica cómo en un paisaje puede aparecer de la nada una figura geométrica. En ese “capricho” del artista late su esencia, y antes que cuestionar su método, esa debilidad, conviene sumergirse en ella, en ellos. Y para eso está esta muestra.

Su carácter antológico no sólo le otorga una jerarquía significante para el espectador, conocedor o no de la obra de Max Gómez Canle; también sirve para dimensionar su obra: hay veinte años de trabajo reunidos en una sala y las variaciones no son demasiado evidentes. Los cuadros y las esculturas pueden variar de motivos, de temáticas, pero el estilo, la perspectiva se sostiene en el tiempo como quien descubre su talento a temprana edad y sólo se dedica a darle forma.

Aunque pueda parecer un factor menor, es ese aspecto en el que el artista exige a su espectador. Ante el cuidado de la paleta de colores, del trazo, del tono y los matices, la forma emerge como ese rincón donde se alojan los secretos de cada pieza, donde una relaciona con la otra, fundiendo dimensiones, invitando a quien observar a acercarse, tomar distancia, mirar otra pieza para intentar descubrir cómo dialogan.

En todo ese proceso, se compone, a juego con el título, el que quizá sea el mayor de los caprichos del autor: involucrar al observador de tal manera que bien podría terminar perdiéndose en uno de sus campos, cayendo por alguno de esos vacíos o escalando algunas de las figuras geométricas que se cuelan. Su gran éxito es que elementos en esencia tan ajenos convivan en un solo universo.