ARTE

El hombre detrás de los metales gigantes y escultóricos

Ariel Villarreal transforma metales en árboles, insectos, animales, y casi cualquier cosa que le provoque. Desde la joyería de sus abuelos hasta trabajar junto a figuras como Marta Minujín.
sábado, 16 de marzo de 2019 · 19:55

La dureza de los materiales que utiliza contraste con la delicadeza final de la obra y los motivos que lo mueven a crear. Artista, alquimista, joyero, artística metalúrgico. Éstas y otras definiciones podrían aplicar a Ariel Villarreal y él podría asumirlas sin mayor inconveniente: más allá de una etiqueta, le interesa cuánto diversión puede originarle cada área de trabajo, cada universo representado en distintas proporciones a través del metal.

EL INTRANSIGENTE: ¿Cuál fue la influencia de tus abuelos durante tu infancia?
ARIEL VILLARREAL: Uno de mis abuelos tenía joyería. De chico, siempre iba y veía cómo soldaban y juntaban piedritas preciosas que siempre quedaban en la alfombra y yo las vendía a la competencia, otra joyería que quedaba a la vuelta.

¿Qué te fascinó de ese proceso?
La unión de los metales, cómo un material que es tan sólido como el metal se hace líquido y mantener su tolerancia, a lo duro y lo blando. Me atrajo cómo se puede volver a reinventar el metal.

¿Cuándo decides que este oficio va a ser parte de tu forma de vida, que puedes vivir de ello?
Siempre uno hace oficios para ganar dinero y, aparte, hace lo que a uno le gusta. Poder llegar a ganar dinero con lo que a uno le gusta es lo ideal: dejar la mitad del día libre para hacer lo que te gusta. Al principio, esa es la búsqueda. Hacés muchísimas cosas para poder encontrar qué es lo que más te agrada para poder crear, si es por medio de la creatividad o de los oficios. A medida que sumás oficios, tenés más herramientas para hacer lo que te gusta a hacer.

¿En qué año comenzó a regularizarse esa dinámica?
Dejé los estudios y empecé a trabajar. Me daba un título de mecánico, constructor de vivienda, o podía ser contador de una empresa o podía hacer cosas muchas que no me parecían. Empecé a trabajar con cosas peligrosas, como montar torres de comunicación arriba de un edificio, trabajar en escenarios de rock, viajaba a otros países, me iba de gira con músicos sin ser músicos. Siempre busqué hacer trabajos que me redituaran mucho dinero y un esfuerzo de trabajo que no existía porque era toda una persona. Siempre coleccioné muy buenos trabajos e hice muy buenos amigos que siempre trabajaron en el arte. Trabajé como cinco años haciéndole las esculturas de metal a Marta Minujín. A partir de ahí, me empezaron a llamar muchas artistas para trabajos de metal.

Fotografía de Maia Croizet para Distrito Arte

¿Cómo fue esa relación con Marta Minujín, en cuanto a enlazar mentes creativas?
Genial, porque no para de enseñarte. Uno de sus consejos desde el comienzo era que nunca le dijera a la gente que trabajé con ella. Nunca supe por qué me decía eso. Aprendí mucho de ella sobre el arte contemporáneo; cómo es el arte popular y entender que podés tener algo en común con la gente, el gusto por una obra. Hay obras que son como para poder comunicarte con otras personas. Vos vas a ver la obra y te ponés a charlar con la persona que tenés al lado sobre esa obra. En muchos lugares no suele pasar. Siempre me salí de ese formato galería, exposición, museo; casi siempre es con una copa de champagne en un lugar al aire libre.

Normalmente, ¿con cuál tipo de metal sueles trabajar?
Todos. Pero hay uno que es como el rey: el oro. Trabajar con eso te permite darte cuenta de por qué tiene el precio que tiene. Tengo un amigo que se llama Ernesto Oldenburg, pintor, quien me pidió cuando se casó que si le podía hacer los añillos. Se los hice súper rústicos, como dos alambres gruesos de oro martillados, como primitivos.

En relación con los motivos y la proporción para representarlos, ¿cómo es ese proceso?
La joyería es algo de detalles muy chicos, pero te sirve como en la arquitectura hacer una maqueta. Cuando la hacés, tenés una noción real de lo que va a ser ese trabajo en gran escala. Trabajando desde chico, me di cuenta que en ese proceso se me empezaban a dormir las manos. Entonces empecé a trabajar en gran escala. Me compré herramientas casi como para hacer un auto. Tengo un taller muy nutrido y eso es algo mágico: llegás, encendés la luz, prendés las máquinas, y ya estamos haciendo.

Fotografía de Maia Croizet para Distrito Arte.

¿Cuánto de lúdico sigue estando en este modo de vida?
Es cien por cien lúdico. Si se sale de ahí, no; es algo que te hace feliz. ¿Viste cuando pasa una chica, te mirás a los ojos con ella y ella se sonríe?  Creés que todo todavía es un juego y que las cosas se hacen bien con una mirada. Se trata de mantener vivo ese, el juego, el recreo, salirse de lo normal para poder sentir algo que creaste con elecciones desde que eras chico.

¿Por qué el interés en la naturaleza?
Como una especie de homenaje. Siento que no figuran en esculturas grandes.

Dar sentido a las cosas a través de elementos pocos comunes…
La belleza siempre está acompañada del caos o surge de una montaña de basura. La flor más linda a veces sale de una bolsa de basura.